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Decálogo de la corrección política

Enrique Krauze
Crítico, historiador y escritor. Director de la revista Letras Libres Á - N.1

→ Todo aquel que quiera mantenerse en el formato de lo políticamente correcto y ostentar superioridad moral, una conciencia limpia y capacidad acusatoria, deberá considerar estos diez mandatos fundamentales, que fueron redactados por el escritor mexicano Enrique Krauze el año 2000.

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Sumérgete diariamente en las aguas bautismales de tu buena conciencia. Cada mañana, frente al espejo, admite sin falsa modestia tu ejemplaridad. Tienes —no lo olvides— el monopolio de la preocupación por los condenados de la tierra, los desheredados, los perseguidos. Eres la voz de los que no tienen voz. Por eso, sea cual sea el asunto de tu escrito (el deporte, el espectáculo, la cultura o la política) desliza al menos una referencia a tu piedad personal.

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Por simetría natural —el mundo, lo sabemos, es blanco y negro‒, nunca omitas mencionar a los malos de la película, ante todo al gobierno y los empresarios (con la Iglesia no topes, te lo aconsejo). Salvo excepciones «nacionalistas» que no necesitas aclarar, fustiga a los empresarios por partida doble: si emplean explotan, si desemplean empobrecen. Reprobar sin miramientos al gobierno siempre es útil. Lo contrario es veneno puro: un gesto de aprobación —por matizado que sea— puede costarte la vida o, peor aún, la devoción y complicidad de tus lectores.

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Descalifica, siempre descalifica a los necios, arrogantes y equivocados que opinan de manera distinta a ti. Los adjetivos «reaccionario» y «conservador» han perdido un tanto su filo, pero «neoliberal» y «derechista» siguen siendo letales.

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No aceptes sino de dientes para afuera los errores incidentales de la buena causa que defiendes: dizque secuestros de territorios, instituciones, calles y plazas; pretendidos actos delincuenciales de diversa índole; imaginaria destrucción de obras, escuelas y símbolos culturales; supuesto desquiciamiento de las sacrosantas y muy burguesas costumbres democráticas. Minucias, falacias, exageraciones. En todo caso, atribúyelas a la crisis, a la desesperación, o —remedio infalible— a las vastas fuerzas impersonales de la globalidad.

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No pierdas la oportunidad de convocar, o al menos abajo-firmar, cartas de airada protesta: exigimos, condenamos, rechazamos, etcétera.

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Si no puedes organizar marchas o encabezarlas, incorpórate a las que aparezcan y asegúrate de que te tomen la foto. Con mirada de reconcentración, a la altura de las circunstancias, haz declaraciones incendiarias frente a las cámaras y micrófonos.

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No faltes a los aniversarios luctuosos de los grandes héroes progresistas. Escribe obituarios. Recurre con frecuencia al noble arte de la dedicatoria: «A Longino, en su lucha».

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Apela al sentimentalismo de tus lectores. Gánate su corazón. No los sometas al árido tormento de pensar. Cuantificar, ponderar, fundamentar, probar, refutar, son todos fútiles juegos del llamado método científico. No caigas tan bajo. Escribe por pálpito, no por cálculo. Usa el impetuoso hígado en vez de los blandos sesos. Indígnate y mueve a la indignación. Al cliente lo que pida: dile lo que quiera oír, dale lo que quiera leer.

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Deturpa al imperialismo yanqui, con sus chorros de sangre y lodo. Sé piadoso con el imperialismo inverso, el vencido, el soviético: pobre, no sabía lo que hacía. Considera que los crímenes de Stalin, Mao y Pol Pot han sido exagerados por los historiadores reaccionarios; y si en verdad ocurrieron, aunque fueran millones (no te consta, no los viste) fueron ejecutados en el sentido de la Historia y en nombre de la Utopía. Deslíndate levemente de Castro pero enseguida subraya los logros de esa magna revolución. Ponle Ernesto a tu hijo. Descúbrete ante la romántica gura del Subcomandante Marcos: peregrina hasta la Selva Lacandona, navega por su página en Internet, proclama que no hay más realidad que La Realidad.

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Si te llega a ocurrir la desgracia de pertenecer a un partido político que triunfe en elecciones estatales o locales y te veas en la penosa necesidad de gobernar, aplica la dialéctica a tu vida: actúa como si siguieras siendo oposición, pon en práctica los nueve preceptos anteriores. En caso extremo, declárate en asamblea permanente y protesta contra ti mismo o misma.

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Enrique Krauze