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John Stuart Mill y lo políticamente correcto

La difícil libertad

David Gallagher
A en Literatura, Universidad de Oxford Á - N.1

En su ensayo On Liberty, de 1859, el filósofo y economista inglés John Stuart Mill develó con lucidez analítica los mecanismos que rigen los esfuerzos sociales por establecer una opinión única. Esta actitud, que relega el pensamiento y ve en la libertad un enemigo, se reproduce en la actualidad incluso en las esferas denominadas progresistas. Cuando resuenan los anatemas del nuevo puritanismo, las reflexiones de Mill son particularmente acuciantes.

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«Enemigo de la beatería justiciera, Stuart Mill lamenta que “una de las más universales de todas las propensiones humanas” sea la de “extender las fronteras de lo que cabe denominar policía moral”»

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Para quien cree en una sociedad abierta, no hay nada más importante que la crítica y la libertad de expresión que ella supone. Es el punto central de John Stuart Mill en su ensayo Sobre la libertad (1859), la defensa más apasionada de la libertad de expresión en lengua inglesa desde la conmovedora Areopagítica de John Milton, de 1644.

Para Mill, la libertad de expresión hay que defenderla no solo contra los gobiernos, sino también contra ciudadanos comunes que nos quieren iguales a ellos, reducidos a un servil conformismo. «No basta, pues», dice Mill, «con la protección frente a la tiranía del magistrado. Se precisa también la protección contra la tiranía de las opiniones e impresiones predominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer (…) sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disienten de las mismas; a trabar, y si puede lograrlo, impedir la formación de cualquier individualidad». (1)

Casi un siglo más tarde escribiría Orwell que «la opinión pública, debido al tremendo instinto conformista de los animales gregarios, es menos tolerante que cualquier sistema legal». Es por eso, cree Orwell, que hay una tendencia totalitaria en «las visiones anarquistas o pacifistas de la sociedad». Cuando los seres humanos son gobernados por las leyes, dice él, «el individuo puede practicar ciertos grados de excentricidad; cuando son gobernados por el “amor”o la “razón”, está sometido a una presión continua a comportarse y pensar exactamente igual a todos los demás». (2)

La insistencia de Mill en la libertad de expresión no se debe a que él la crea un derecho humano. Aclara que no es para pueblos «bárbaros» porque éstos, como los niños, necesitan ser guiados en sus opiniones. Pero es necesaria desde «el momento en que la especie humana se volvió capaz de mejorar por medio de la discusión libre y equilibrada» (pp. 85-86).

Mejorar: ésa es la clave para Mill, para quien la libertad de expresión es más que nada una necesidad epistemológica. Si no podemos discutir libremente, si las opiniones —aunque las alberguen las más altas autoridades políticas, religiosas o científicas, aunque vengan del mismo Newton (p.103)— no están permanentemente expuestas a la crítica, corremos el riesgo de entronizar errores, de privarnos de valiosos descubrimientos, de perder la posibilidad de avanzar y mejorar. Para Mill no hay «verdad» inmune a ser revisable: el que cree contar con alguna ha caído en la falacia de creerse infalible. Y si hay alguna que en alguna época logra aguantar toda crítica, mejor, porque así saldrá fortalecida. Al contrario, las que permanecen blindadas terminan en letra muerta (pp.100-103). Además, el hecho de que una mayoría crea algo no significa que tenga razón. Es cuestión de ver las cosas absurdas que creían las mayorías en siglos pasados (pp. 107-108).

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«El hecho de que una mayoría crea algo no significa que tenga razón. Es cuestión de ver las cosas absurdas que creían las mayorías en siglos pasados»

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El placer de la censura /

La insistencia de Mill en la libertad tiene que ver también con su concepción del desarrollo individual. Pobre el hombre que, obligado a ser conformista, no desarrolla libremente sus propias capacidades, no experimenta, tanto en conocimientos como en formas de vida. Pobre la sociedad compuesta de gente así. ¿Qué puede aprender un ciudadano de otro si todos somos iguales? ¿Cómo se enriquece una sociedad si todos pensamos lo mismo? ¿Si a nadie se le permite desarrollar «carácter»? (p. 157).

Mill temía que sus contemporáneos valoraran poco la libertad. La coerción del gobierno era menos resistida antes porque, equivocadamente, se creía que un gobierno democrático, representante de la «mayoría», tenía por definición el derecho a ejercerla: «No era necesario proteger a la nación de su propia voluntad» (p. 74). Por otro lado, había en la sociedad un fuerte impulso antielitista: «La tendencia general (…) apunta a convertir la mediocridad en el poder dominante» (p. 164). Así lo quiere una opinión pública cada vez más poderosa. «Hoy los individuos están perdidos en las masas» (p. 164).

Con todo, la libertad para Mill sí tiene límites. Él sugiere que cabe restringirla cuando hace mucho daño, y da ejemplos. «La opinión de que los tratantes de granos matan de hambre a los pobres, o de que la propiedad privada es un robo, no debe ser perturbada cuando simplemente circula en la prensa, pero puede merecer un justo castigo si es manifestada oralmente ante una multitud furiosa congregada frente a la casa de un traficante de granos, o si es enarbolada entre la misma muchedumbre en forma de pancarta (…). La libertad del individuo queda así limitada: no puede ser un fastidio para los demás» (pp. 149-150).

Cabe decir que estas salvedades de Mill son en el ensayo mucho menos apasionadas y frecuentes que sus defensas de la libertad. Sin embargo sí cree que algunas salvedades son necesarias, aunque no parezca estar muy seguro dónde se pone el límite. El ejemplo que da del traficante de granos no es, por decir lo menos, muy convincente. Para qué hablar del «fastidio —nuisance— a los demás».

Mill ha sido citado como un precursor de aquellos que critican los excesos de los «políticamente correctos».(3) Pero eso del «fastidio» parece, al contrario, vindicarlos. Su afirmación parece, en efecto, vindicar a aquellos que, en el delicado ambiente que se ha instalado en muchas universidades norteamericanas e inglesas, exigen que no se usen palabras que le podrían «gatillar angustia» a algún estudiante, o simplemente «ofenderlo».

Pero hay otras secciones, más contundentes y numerosas, en que Mill critica la censura fundamentada en el riesgo de «ofensa». «Muchos consideran una ofensa cualquier comportamiento que les disguste», objeta Mill, «y se resienten como si fuera un ultraje a sus sentimientos» (pp.192-193). Además Mill es muy crítico del placer malsano que puede derivar un ciudadano cuando censura a otro, muy crítico en particular de la malsana sensación de poder y de superioridad moral que le da hacerlo. Enemigo de la beatería justiciera, lamenta que «una de las más universales de todas las propensiones humanas» sea la de «extender las fronteras de lo que cabe denominar policía moral» (p.194).

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Mundo epistemológicamente muerto /

No hay duda de que Mill rechazaría las múltiples manifestaciones de «policía moral» que vemos hoy día en el mundo, y las rígidas censuras que originan. Desde luego la más grave es aquella que imponen las dictaduras. Lo sabemos en Chile porque lo hemos vivido. Dicho eso, es curioso que en sectores del mundo «progresista» se haya instalado tanta «policía moral». Una policía «ciudadana» que, en las universidades anglosajonas sobre todo, procura proteger a los alumnos de opiniones discordantes.

Protegerlos incluso de palabras —los llamados «gatillos»— que los podrían ofender o angustiar. En vez de postular a la universidad como el lugar donde no hay límites a lo que se pueda pensar e investigar, esta policía moral promueve la creación de «espacios seguros» donde los estudiantes no estén desafiados por ideas u opiniones discordantes, donde puedan sentirse cómodos porque nadie les va a contrariar o contradecir, nadie los va a someter siquiera a lo que ahora se llaman «micro-agresiones», ideas o frases o actitudes que les puedan agredir aunque esa nunca fuera la intención del supuesto «agresor».

Es el mundo epistemológicamente muerto que Mill más teme, uno en que todos andan pisando huevos porque no saben qué acto o palabra puede causar ofensa. Un mundo donde un puñado de líderes, los que imponen el conformismo servil que se requiere en el «espacio seguro», adquieren cada vez más poder. Líderes que están incluso dispuestos a recurrir a la violencia cuando llega a la universidad alguien cuyas opiniones no son aceptables. Es lo que en el Reino Unido bautizaron como no-platforming —denegarle tribuna, o «plataforma» a alguien— si es necesario por la fuerza, una triste práctica que ya llegó a Chile.

¿Qué hay detrás de esta nueva intolerancia? ¿Esta propensión a encerrarse en cámaras de resonancia donde todo el mundo piensa igual y no es admisible un pensamiento ajeno? ¿Este nuevo puritanismo, cuando no totalitarismo, por qué es especialmente común en universidades de habla inglesa?

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«Al convertirse en víctima, el estudiante de Yale u Oxford se libera parcialmente de la tremenda culpa con que lo criaron. La culpa la traspasa parcialmente a los victimarios. Parcialmente porque nunca es suficiente»

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Algunos lo atribuyen a que los jóvenes de hoy han sido demasiado protegidos, que por eso son vulnerables —como «copos de nieve»—, que por eso hay palabras que de verdad les pueden producir angustia. El retiro a espacios seguros sería una necesidad psicológica. Por eso mismo los profesores tendrían que evitar palabras riesgosas
en sus clases, o advertirles a sus alumnos que podría haber escenas violentas, o sexualmente sesgadas, en algún texto que han de leer; uno del violento y machista Shakespeare por ejemplo. Incluso hay quienes quisieran eliminar la lectura de esos textos, tal vez porque la gran literatura es —cito a Vargas Llosa— «ni moral ni inmoral, sino genuina, subversiva, incontrolable». Una provocación para quienes quieren someternos y encerrarnos, prefiriendo una literatura «postiza y convencional, mejor dicho muerta».(4)

Enseguida está como explicación la cultura de víctima que tanto se ha extendido en el mundo, sobre todo en la izquierda. Cultura que tiene una arista especial en el mundo anglosajón, creo yo. Porque allí la ética protestante siempre ha provocado sentimientos de culpa. Culpa difusa, de cualquier cosa. Incluso de estar vivo. ¿Cómo combatirla para la generación menos necesitada en la historia? ¿Generación a la que nada le faltó, que por tanto siente más culpa que nunca? Convirtiéndose en víctima, pues. Víctima del poder de los profesores, de la familia, o de cualquier discriminación: por raza, etnia, género o, por último, por ser muy alto o muy flaco. Al convertirse en víctima, el estudiante de Yale u Oxford se libera parcialmente de la tremenda culpa con que lo criaron. La culpa la traspasa parcialmente a los victimarios. Parcialmente, porque nunca es suficiente. La falta de carencias reales persiste porfiadamente. De allí la búsqueda insaciable de nuevos victimarios.

La cerrazón mental a la que induce la corrección política tiene otras explicaciones. Por ejemplo, el poder que le da a algunos organizarla, y disfrutarla una vez que se instaló. ¿Qué más poder que el que da una masa que se priva de todo debate, y que es implacable con todo disidente? Es un poder que tiene un atractivo adicional: cualquiera puede ejercerlo, aunque sea por un rato. Cualquiera se puede constituir como denunciante o juez, cualquiera puede darse el gusto de sentirse moralmente superior. Porque como —recordemos— descubrió Mill, hay una «propensión universal» a querer convertirse en «policía moral».

La corrección política y la cerrazón mental que produce es también una faceta del intento de grupos «progresistas» de reinstalar en la sociedad luchas semejantes a lo que era la de clases. Las más prominentes son las de raza, etnia y género; también claro las de clase en la medida en que se puedan revivir. El resultado es el opuesto al que se proclama. Porque en vez de generar igualdad, se pronuncian las diferencias. Si hay largas listas de cosas que no se le pueden decir a gente de otro género, raza o etnia sin provocar ofensa, sin caer en una micro o magna agresión, ¿de qué igualdad estamos hablando? La consecuencia es un mundo en que la gente ya ni se atreve a mezclarse entre razas, etnias, géneros o clases.

Como sostenía Mill, no hay idea que no tenga el derecho de expresarse en el infinito proceso de ensayo y error. No hay idea que no deba ser probada. Pero igualmente, y por la misma razón, no hay idea que no deba ser sometida al más riguroso escrutinio. Es eso lo que los promotores de la corrección política no quieren entender. En nombre del «progreso», o del «progresismo», promueven la censura, la cerrazón mental. O cuando nos abren la mente y nos corren las fronteras del conocimiento, enseñándonos por ejemplo que hay sesgos patriarcales en la lengua, o que los géneros no son necesariamente binarios, sino un espectro, quieren súbitamente cerrar las fronteras de nuevo, como si la apertura mental que a ellos mismos les ha ocurrido les diera vértigo.

Los límites al conocimiento que de allí nos imponen son particularmente graves en las universidades, lugares en que limitarlo debería ser lo único impensable. En vez de eso, la lista de lo impensable se alarga y nos van ahogando en una ola de puritanismo acusador, ese que Mill tanto temía. Nos van sometiendo a un mundo donde no nos permiten la individualidad, el «carácter» que Mill tanto valoraba.

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  1. Mill, John Stuart, 2015 [1859]. Sobre la libertad, Tecnos, Madrid, p. 77. En adelante, este libro será citado solo mencionando la o las páginas entre paréntesis.
  2. Orwell, G., 1957. «Politics vs. Literature», en Inside the Whale and Other Essays, Peguin, Londres, p.132
  3. Ver Bloom, LH., 2017. «John Stuart Mill and Political Correctness». University of Louisville Law Review, vol.56, No 1, 2017; SMU Dedman School of Law Legal Studies Research Paper No 364.
  4. Vargas Llosa, M., 2018. «Nuevas inquisiciones», El País, 18 de marzo, p.12.

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David Gallagher