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Jonathan Haidt, psicólogo social

Bienvenida la diversidad (menos la intelectual).

Axel Kaiser
PhD Universidad de Heidelberg y Director Cátedra Friedrich von Hayek UAI Fotografías: Daniela Clementi Nueva York, EE.UU Á - N.1

Tal vez porque se ha dedicado toda su vida a estudiar psicología social, Jonathan Haidt es uno de esos raros intelectuales que poseen la habilidad de decir cosas polémicas sin generar fuertes reacciones en su contra. En la siguiente entrevista analiza a la sociedad actual tratando de develar el sustrato psicológico e ideológico que sostiene sus discursos más enfáticos y predominantes.

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Su trayectoria ha sido larga y comenzó en Yale, donde cursó filosofía. Luego se doctoró en la Universidad de Pennsylvania con una tesis sobre juicios morales y cultura en cuyo título formulaba la pregunta ¿es correcto comerse a su perro? Tras un postdoctorado en la Universidad de Chicago y años enseñando en la Universidad de Virginia, Haidt asumió como profesor de psicología en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York, donde se desempeña hasta hoy. Ahí utiliza los resultados de sus investigaciones para repensar la manera en que se incorpora la ética a la formación de los estudiantes y para desarrollar sistemas éticos que no hagan necesario requerir de manera directa un comportamiento correcto de los individuos.

Su impacto ha crecido a tal punto que la revista Foreign Policy lo destacó hace algunos años como uno de los 100 pensadores más importantes de la actualidad. Su libro más popular es The Rightgeous Mind, un best seller del New York Times donde explica por qué las personas nos dividimos y enfrentamos por razones políticas y religiosas. Carismático, amable y de mente afilada como una navaja, Haidt visitó Chile el año 2017 invitado por La Otra Mirada y el Centro de Estudios Públicos, ocasión en la que compartió también con miembros de la Fundación para el Progreso (FPP). Por estos días colabora con la FPP en la publicación en castellano de su último libro, The Coddling of the American Mind, escrito con Greg Lukianoff.

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-Usted ha hablado mucho sobre John Stuart Mill en los últimos tiempos, llegando a decir que se ha convertido en su filósofo favorito. Explíquenos por qué cree que las ideas de Mill han cobrado tanta vigencia y qué podría ganar la juventud de hoy leyendo sus obras.

-El enfoque básico que utilizo para entender los actuales problemas sociales es que los seres humanos somos criaturas tribales sin mucha inteligencia a nivel individual. Solo cuando logras crear buenos sistemas de organización social se pueden corregir nuestras fallas y obtener buenos resultados. La naturaleza humana, lo normal, hace que dancemos en torno a una fogata adorando una piedra, un árbol, una persona, un libro o una idea. Las sociedades ortodoxas, por ejemplo, que adoran una idea, tienden a decaer en el moralismo. Lo que dijo Mill mejor que nadie es que las mentes humanas son imperfectas y muy deficientes para encontrar la verdad a menos de que sean desafiadas por otras mentes. Esto cuadra perfectamente con lo que la psicología social ha establecido sobre los sesgos de confirmación, que son muy difíciles de superar a nivel individual a no ser de que creemos buenos sistemas. El segundo capítulo de la obra de Mill, On Liberty, contiene los mejores argumentos jamás ofrecidos para la idea de que debemos buscar adversarios intelectuales y para la obligación de las universidades de tener diversidad intelectual.

«En todos los grupos hay que examinar cómo sus miembros obtienen prestigio, por ejemplo, en los grupos más moralistas obtienes prestigio denunciando al diablo, cualquier cosa que éste sea»

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-¿Deberíamos entonces aceptar todo tipo de opiniones, incluso las ideologías totalitarias y el discurso de odio?

-Hay que distinguir las diferentes dimensiones y sistemas. Una cosa es lo que se acepta decir en lugares públicos, que es una discusión interesante pero no es el tema que yo abordo. Mi interés dice relación con las universidades y las ideas que deben aceptarse en ellas. La universidad debe abrirse a todo tipo de ideas, por lo tanto, si existe algún académico con ideas que otros consideran inmorales u odiosas que son el resultado de sus investigaciones, no hay excusa para acallarlo o dejar que sea silenciado por estudiantes que detestan lo que dice. Aceptar esa censura sienta un terrible precedente, a saber, que aquellos que controlan una mayor fuerza social controlan lo que se dice. Además, esa visión asume un modelo de fragilidad de los estudiantes que es tremendamente dañino. Yo soy judío y he leído partes del Mein Kampf. ¿Deberíamos prohibir el Mein Kampf en los campus universitarios porque es racista? Solo se puede pensar así si asumimos que la gente es tan frágil que si la exponemos a ciertas ideas saldrán dañadas por toda la vida. En suma, cuando se trata de libertad de expresión en las universidades, mi postura es que debemos ser lo más permisivos posible.

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-La expresión más amplia posible de opiniones ha sido afectada por la cultura de la corrección política, a la que usted se ha referido en diversas ocasiones. En los últimos años hemos visto a muchos académicos despedidos y perseguidos por sus opiniones, lo cual atenta directamente en contra del espíritu de libertad que defendió Mill como herramienta indispensable para encontrar la verdad. ¿Han perdido las universidades su sentido de perseguir la verdad para reemplazarlo por uno que busca hacer activismo social o lo que los grupos que las controlan entienden por «justicia social»?

-Partamos con algunos principios básicos. Imaginemos una universidad en que las personas pueden sufrir graves consecuencias por lo que dicen, y no solo por lo que quieren realmente decir, sino por lo que la interpretación menos benevolente de sus palabras establece qué quisieron decir. En esta universidad hay personas buscando todo el tiempo alguna forma de expresión que puedan considerar tabú y por tanto nunca sabrás lo que te puede pasar.
Si alguien dice algo que a muchos no les gusta y tú defiendes a esa persona, ahora tú también podrías ser atacado por defenderla. Ese es un clima de miedo y yo diría que una universidad en que los estudiantes viven en un clima de miedo, donde temen dar su opinión sobre un libro, una idea u otra cosa, ha perdido el camino y no tiene mayor razón para seguir existiendo.

Al contrario, las universidades que yo recuerdo eran lugares en las que podías tocar temas polémicos o escandalosos. La vida no tiene la obligación de ser moralmente agradable, a la naturaleza no le importan nuestros valores morales y las universidades deberían ser lugares donde puedes hacer preguntas peligrosas.

Hoy en día, las redes sociales han cambiado las cosas de manera muy destructiva, porque hay muchas conversaciones que puedes tener en grupos pequeños que no tendrías frente a todo el mundo, pero con las redes sociales una conversación privada podría mañana exponerse al público. De modo que las redes sociales son una gran parte del problema y de la razón por la que las personas tienen más temor de hablar hoy de lo que tenían hace un par de años.

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-¿Ve alguna amenaza a nuestras sociedades democráticas y a la sociedad abierta de que gozamos en Occidente si no logramos contener y revertir esta cultura de la corrección política? A veces da la impresión de que incluso la prensa cae en el juego de la persecución.

-Creo que una democracia vibrante requiere diferentes instituciones con sus propias reglas, prácticas y obligaciones morales. Las prácticas de los doctores son diferentes a las de los periodistas, diferentes a las de los abogados, a las de los ingenieros, etcétera. Lo que han hecho las redes sociales es tumbar las fronteras que distinguen las diversas prácticas de manera tal que todo el mundo está expuesto al juego dominante de la política. Si los profesores y las ideas son juzgadas de esa manera, entonces hemos dañado la universidad severamente. En Estados Unidos hoy en día incluso los restaurantes están expuestos a ese tipo de juicio político. Hace poco tiempo el dueño de un restaurante se negó a atender al secretario de prensa de Trump. Esta es una línea peligrosa que dice que incluso la actividad comercial no está separada de la actividad política. Cuando todo sea político todo colapsará, nuestras vidas serán miserables y la democracia sucumbirá.

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-Porque al final todo se convierte en conflicto…
-Así es. Si todo es conflicto, incluyendo las relaciones familiares, es terrible.

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-En su libro The Happinness Hypothesis, dice que todos los seres humanos estamos programados para ser hipócritas y que debemos ser conscientes de ello para reducir conflictos. ¿Cómo se relaciona la cultura de la corrección política con este aspecto oscuro de la naturaleza humana? Hemos visto a muchos inquisidores que se erigieron en autoridades morales terminar aplastados por la misma rueda que contribuyeron a empujar.

-La razón por la que somos hipócritas es que nos importa demasiado nuestra reputación. También nos preocupan las víctimas, los animales y el ambiente, pero si esas preocupaciones colisionan con nuestra reputación, en general, nos importa más lo segundo. En todos los grupos hay que examinar cómo sus miembros obtienen prestigio, por ejemplo, en los grupos más moralistas obtienes prestigio denunciando al diablo, cualquier cosa que éste sea. En una cultura así las personas obtienen prestigio en la medida en que dañan y exponen a otros y, dado que casi todo el mundo cometerá un error todos corren el riesgo de ser identificados con el diablo. Hoy en día existen subculturas tremendamente moralistas en la izquierda y derecha extremas que siempre han existido, pero que gracias a las redes sociales han multiplicado su impacto en un factor de diez. Hoy pueden moverse más rápido destruyendo muchas más vidas y esa es finalmente la hipocresía que vemos, pues la manifestación de esta subcultura moralista en los campus universitarios reclama servir a la justicia social, pero todos los días destruye a personas sin debido proceso y muchas veces sin causa. La turba casi siempre entrega muy mala justicia y rutinariamente comete injusticias. Esa es una de las grandes hipocresías que vemos hoy.

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«Si existe algún académico con ideas que otros consideran inmorales u odiosas, que son el resultado de sus investigaciones, no hay excusa para acallarlo o dejar que sea silenciado por estudiantes que detestan lo que dice. Aceptar esa censura sienta un terrible precedente»

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-¿Cree que tal vez la prensa también ha perdido el camino en el sentido de que le presta demasiada atención a las redes sociales que suele tener entre sus temas más populares precisamente la destrucción de la reputación de diversas personas?

-Este es un buen ejemplo de cómo cada profesión debe tener sus reglas éticas. Los periodistas claramente las tienen y hablan mucho de ellas, pero desde los 80 el financiamiento de los medios en Estados Unidos cambió. Cuando los periodistas son recompensados por clicks, deben apuntar al escándalo y la emoción. Muchos son muy profesionales, pero al final son seres humanos. También se encuentran cada vez más sujetos a todo tipo de amenazas, por lo que es cada vez más difícil ser periodista hoy en día. Tengo mucho respeto por lo que hacen, pero sí, no cabe duda de que el periodismo —tanto como la academia— se encuentra bajo una tremenda presión moral, económica y política.

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-Un grupo de ideas que se ha puesto de moda es el del feminismo en su versión más extrema. Hace poco en Chile tuvimos un gran movimiento feminista que terminó capturado por las facciones más radicales. Algunas feministas como Camille Paglia han dicho que el feminismo de hoy le hace daño a las mujeres. ¿Comparte esa perspectiva?

-Ciertamente las mujeres tienen razones para enojarse y es justificada una reacción en la que expresen rabia. Respecto a las diferentes formas de feminismo, en nuestro libro The Coddling of the American Mind analizamos dos formas de identity politics. Hay una que enfatiza la humanidad común que tienen todos los grupos y que busca, sobre esa base, hacer ver la situación de grupos desventajados a los que se les ha negado su humanidad. Esa es necesaria y buena. Hay otra que organiza a las personas en función del odio y que opera bien para lograr cohesión tribal, pero es mala para una sociedad multiétnica y democrática. Y eso es lo que más hemos visto en los últimos años en los campus universitarios: la unificación de todos los grupos en torno al odio al hombre blanco heterosexual, que es visto como el opresor universal. Lo anterior activa las peores tendencias humanas usando como criterio unificador el odio en lugar del amor.

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-En el libro The Once and Future Liberal, el profesor de Columbia Mark Lilla ha dicho que la identity politics es la gran responsable del fracaso del Partido Demócrata, pues lo ha hecho incapaz de ofrecer un proyecto común a todos los grupos. ¿Concuerda con esa apreciación?

-Me gusta mucho ese libro que toca un punto central de la psicología social. Si unes a cierto grupo de gente en torno al odio hacia otros grupos, jamás vas a ganar a la gente de esos grupos que declaras odiar. Como consecuencia, tenemos un círculo vicioso de polarización en Estados Unidos en que la identity politics de la izquierda activa la identity politics de la derecha y viceversa. Pero lo cierto es que los grupos extremos en ambos sectores son minoritarios aunque las redes sociales los hacen ver como si fueran mucho más grandes.

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-Uno de los temas predilectos de la identity politics promovida por la izquierda es la diversidad, especialmente en las universidades. Sin embargo, parece ser que hoy en día toda diversidad es bienvenida menos la intelectual. Es decir, que vengan todos mientras piensen igual a los que estamos dentro. ¿Cómo fue que llegamos a este punto?

-Cada equipo político tiende a tener algo que le resulta sagrado. En la izquierda académica ese objeto sagrado es luchar contra el racismo e intentar ayudar especialmente a los afroamericanos y otros grupos. La diversidad se convirtió en una idea esencial en las universidades americanas en 1978, cuando la Corte Suprema falló que no se podía discriminar sobre la base de la raza, pero que sí se puede admitir a estudiantes basándose en criterios raciales cuando ello fomenta una diversidad que es beneficiosa para todos. Desde ese día, la izquierda americana se enfoca en la diversidad como una causa cuasi sagrada y hoy la ve como un fin en sí mismo. Ahora bien, efectivamente la diversidad es beneficiosa en la medida en que permite a las personas tener acceso a distintas perspectivas, pero no es la diversidad racial o de género en sí misma la que hace que las cosas mejoren, sino la diversidad de puntos de vista que, en cierta medida, conlleva esa diversidad de género y racial. Entonces hoy se habla de diversidad, pero la diversidad que de verdad importa, que es la diversidad de puntos de vista o intelectual, no es valorada.

Como resultado, debido a nuestro contexto político polarizado tenemos mucha menos diversidad de puntos de vista que hace 10 o 20 años. Esto es un problema porque las universidades no pueden funcionar sin diversidad intelectual. Si lo hacen, emerge la ortodoxia que es lo que ha pasado, no en la mayoría de las universidades, pero sí en las mejores universidades de Estados Unidos. Las universidades más influyentes, a las que es más difícil entrar, en general se inclinan muy a la izquierda, tanto en sus profesores como sus alumnos.

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-¿Cree que ésta fue una de las razones por las que Trump consiguió tanto apoyo?

-La gente está muy preocupada de no ser objeto de desprecio. En la medida en que la clase obrera blanca ve el desprecio de las élites de las costas, las hace decir fuck you. Las pone en la actitud de querer quemar la casa hasta sus cimientos. Muchos analistas notaron que la gente no votaba por Trump, sino más bien en contra del status quo al que pertenecía Hillary Clinton. Tanto ella como Obama habían dicho cosas que reflejaban el usual desprecio de las elites de las costas a la clase obrera blanca. En Estados Unidos, en una película de Hollywood o en un show de TV, no puedes decir nada malo sobre la mayoría de los grupos excepto de la clase obrera blanca. De ellos te puedes burlar por ser racistas estúpidos y es ese desprecio que experimentan el que los hace odiar a las elites de las costas y a la gente educada en las universidades de la Ivy League.

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-Tomando el tema del racismo, hemos visto que éste es un recurso muy utilizado por la izquierda y las élites, por ejemplo, para descalificar a aquellos que se manifiestan críticos de la migración. En el caso de Chile, en ciertos sectores se ha visto una fuerte reacción en contra de la reciente inmigración haitiana y de otros grupos. ¿Cree que efectivamente la oposición de amplios grupos a una migración más o menos abierta encubre racismo?

-Hay que ver esto desde el punto de vista sociológico. A la gente no le importa el color de piel per se, lo que les importa es el comportamiento y los valores. Si un grupo inmigrante tiene los mismos valores y conductas, pero se ve diferente, no va a ser un problema grave. Los asiáticos del este y del sur en Estados Unidos generan muy poca reacción adversa porque trabajan, son más exitosos y más ricos que los blancos. Y como los americanos no son un pueblo envidioso, no generan una reacción en su contra. Canadá ha hecho el mejor trabajo con la inmigración que yo conozca, porque tiene un sistema muy selectivo que se concentra en aceptar personas altamente educadas, lo que reduce los prejuicios. Pero si el color de piel es efectivamente un predictor de valores diferentes y estilos de vida distintos, probablemente vas a tener reacciones negativas hacia ese grupo. Y esto, creo, es lo que está ocurriendo en Escandinavia, Suecia y Alemania y puede ocurrir en Chile donde es probable una reacción más nacionalista. Me atrevería incluso a predecir un auge de grupos políticos de derecha más dura. Por cierto, mientras más se acuse a la gente de racista, más fuerte será la derecha dura.

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-Y en ese contexto, viendo lo que ocurre en Estados Unidos, tal vez Trump salga reelegido…

-Sí, dependerá de a quién pongan los demócratas como candidato, pero si es uno débil es muy probable que Trump salga reelegido.

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-En The Coddling of the American Mind usted y su coautor —Greg Lukianoff — hablan de las tres grandes falsedades que hacen un enorme daño a la sociedad. Una de ellas es la idea de que «lo que no nos mata nos hace más débiles», lo cual lleva a una cultura de la sobreprotección que denominan safetysm. Incluso a los niños ya no se les deja jugar solos por temor a que se hagan daño entre ellos.

-Así es. Es muy importante entender que los niños son como el sistema inmunológico. No criarías a tu hijo con cero exposición a gérmenes y si lo haces lo estás perjudicando. Del mismo modo, los niños deben estar expuestos a insultos y a exclusión, de lo contrario les estamos haciendo daño. Si no han crecido con experiencias de exclusión, cuando lleguen a la universidad y las vivan, será intolerablemente doloroso. Y eso es lo que estamos viendo con las redes sociales, especialmente con las mujeres jóvenes. La tasa de suicidio de las mujeres adolescentes ha aumentado entre 80 y 100 por ciento y parte de la razón parece ser una cuestión que se denomina fear of being left out, temor a quedar fuera. Para los jóvenes de hoy, ver a sus amigos haciendo cosas sin ellos es mucho más doloroso que para los jóvenes de antes porque las generaciones previas experimentaron la exclusión mientras crecían.

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«Lo que más hemos visto en los últimos años en los campus universitarios es la unificación de todos los grupos en torno al odio al hombre blanco heterosexual, que es considerado como el opresor universal»

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-Para cerrar esta entrevista me gustaría entrar al tema de la felicidad, al cual le dedicó todo un libro. Si tuviera que elegir un solo elemento, el más importante para la felicidad humana, cuál elegiría.

-Eso es fácil: son las relaciones. Somos una especie ultra social que ha evolucionado para estar profundamente inmersa en grupos sociales. La modernidad y la riqueza nos han permitido llevar una vida mucho más solitaria y para la mayoría de las personas eso es una trampa porque requieren de relaciones y conexiones más profundas y mejores. La mayoría de la sabiduría antigua sobre la felicidad reconoce la importancia de tener buenas relaciones para llevar una vida satisfactoria. Ese aspecto es tan importante, que, en general, cuando se estudian los niveles de felicidad de cualquier grupo lo primero que se analiza son sus relaciones.

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-¿Recomendaría a la gente joven tener hijos?

-Existe cierta evidencia que sugiere que los hijos reducen la felicidad, pero yo no la creo porque existe evidencia de que la sensación de conexión y sentido de la vida que emerge como resultado de tenerlos compensa lo primero. En otras palabras, los niños reducen la felicidad si uno la mide en momentos aleatorios durante el día, pero la vida es más profunda y con mayor significado. Creo que para la mayoría de la gente los niños y la familia incrementan la felicidad y estoy seguro de que reducen la tasa de suicidios. Yo tengo una familia y se lo recomiendo encarecidamente a otros.

Axel Kaiser