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La tiranía de las buenas maneras

Corrección y poder

Sylvia Eyzaguirre
PhD en Filosofía, Universidad de Freiburg

El fenómeno de lo políticamente correcto —enquistado en los grupos de poder político y universitario— es finalmente una forma de despreciar y anular al otro, en el entendido de que cualquier disidente se considera un enemigo peligroso. Lo que sigue es un análisis de la retórica de control y descalificación propios de esta tendencia.

«If we do not believe in freedom of speech for those we despise we do not believe in it at all». Noam Chomsky

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«La corrección política exacerbada supone en última instancia un desprecio por la democracia y el germen de la tiranía»

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La esfera del debate político se encuentra actualmente bajo amenaza de secuestro por la beatería de la corrección política que caracteriza a algunas corrientes que buscan imponer sus visiones de mundo como las únicas aceptables y censurar los discursos que disienten. Parece de sentido común acordar un lenguaje que promueva el respeto y sancione el uso de palabras o acepciones ofensivas, pero es importante tener siempre presente que la censura es también un acto de violencia, que limita la libertad de expresión y con ello excluye determinadas visiones de mundo. Y el sentido común, al cual apelamos para acordar un lenguaje de respeto recíproco, encierra el peligro de expandirse hasta el infinito aplastando la libertad de expresión y las distintas visiones de mundos, que la mayoría de las constituciones democráticas reconocen como un derecho inalienable del ser humano. Precisamente eso es lo que hemos estado presenciando en los últimos años.

El alcance de lo políticamente correcto ha aumentado enormemente. Ello se ve expresado no solo en determinados usos del lenguaje, como las rebuscadas formas de referirse a los grupos minoritarios, que con eufemismos buscan evitar estigmatizarlos, sino también en las distintas visiones de mundos que son consideradas ilegítimas por no concordar con la ideología de turno.

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«En política la censura disfrazada de corrección política opera moralizando la discusión. Con ello se evita la confrontación de ideas y se genera un binomio entre “buenos” y “malos”. La estrategia consiste en imponer el punto de vista apelando a un sentimiento de superioridad moral, volviendo así super uos los argumentos»

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Censurando a Mark Twain /

En Estados Unidos de América este fenómeno ha alcanzado grados preocupantes, que hoy acaparan la atención pública. Menciono dos ejemplos que sirven para graficar lo que está sucediendo. En la Universidad de Yale la corrección política llevó a esta institución a inmiscuirse en los disfraces de Halloween. En 2015, el Comité de Asuntos Interculturales envió un comunicado a los estudiantes exhortándolos a no usar en dicha festividad disfraces que pudieran ser ofensivos para otras culturas o grupos minoritarios, como por ejemplo turbantes, kimonos o sombreros de mariachis.(1) Esto provocó la reacción de la profesora Christakis, quien consideró invasivo el comunicado de la universidad y defendió el derecho de los estudiantes a disfrazarse como mejor les pareciera, incluso a riesgo de que algunos disfraces resultaran provocadores.(2) Esta crítica le costó el cargo a la profesora, quien tuvo que renunciar a seguir dando clases en la universidad, después de que un grupo importante de estudiantes la atacara verbalmente por cuestionar la intromisión de la universidad en asuntos que a su parecer pertenecen a la esfera de la vida privada de los estudiantes.(3)

En 2014, el Smith College realizó un seminario para reflexionar en torno a la libertad de expresión. Una de las invitadas era Wendy Kaminer, exalumna, feminista y experta en la primera enmienda. En su presentación criticó la proliferación de los códigos de lenguajes que lleva a censurar no solo expresiones, sino también literatura. Por ejemplo, el libro Las aventuras de Huckelberry Finn, de Mark Twain, ha sido blanco de críticas y algunos argumentan que debería estar prohibido en los colegios por usar la palabra nigger (forma despectiva para referirse a las personas de ascendencia afroamericana). A continuación, intentó analizar qué sucede cuando alguien menciona la palabra nigger. Este evento generó una tremenda polémica al interior de la universidad. Los estudiantes protestaron contra Kaminer y la acusaron de racista e incitar al odio y la violencia por el solo hecho de pronunciar la palabra nigger y tratar de reflexionar en torno a este asunto.(4)

Ahora bien, la censura que hemos presenciado en la arena política es mucho más avasalladora, pues va más allá del ámbito del lenguaje, sino que busca censurar ideas. Esta misma tesis subscribe Kirsten Powers en su libro The Silencing: How the Le is Killing Free Speech. Powers, una mujer liberal de centro izquierda, analiza cómo una fracción de los liberals en Estados Unidos es responsable de la censura imperante en el país. Los disidentes de la ortodoxia liberal son acusados de racistas, misóginos, homofóbicos, etcétera. Para los liberals ortodoxos, quienes no están de acuerdo con el matrimonio entre personas del mismo sexo no tienen un sentido tradicional del matrimonio o una visión de mundo que amerite respeto, sino que son homofóbicos; quienes se oponen al aborto no valoran la vida del que está por nacer tanto como la de un recién nacido, sino que son misóginos y no respetan la autonomía de la mujer sobre su cuerpo. Así es el modus operandi de los ortodoxos: imponer sus visiones de mundos como las «correctas» sin argumentos, sino a partir de la denostación de sus oponentes, acusándolos de racistas, sexistas, misóginos, homofóbicos, etcétera (p.5).

En política la censura disfrazada de corrección política opera moralizando la discusión. Con ello se evita la confrontación de ideas y se genera un binomio entre «buenos» y «malos». La estrategia consiste en imponer el punto de vista apelando a un sentimiento de superioridad moral, volviendo así superfluos los argumentos. De esta forma se busca descalificar los puntos de vista contrarios, ya sea con ataques ad hominem o reduciendo el asunto en cuestión, eliminando toda complejidad y caricaturizando la posición contraria. En el fondo de esta actitud yace la convicción de que el disenso no es legítimo, de ahí el empeño en deslegitimarlo. Powers reconoce dos tácticas para ello, deshumanizar al contrincante y demonizar su posición. En su libro cita al psicólogo y filósofo social David Livingstone Smith, quien afirma que una estrategia común tanto en las culturas antiguas como en las sociedades modernas que buscan expandir su base de poder es el ataque sistemático al núcleo de la identidad humana del enemigo (p.25), la estrategia consiste en denigrarlo, atacando su condición humana: racista, misógino, xenófobo, homofóbico, etcétera. Por otra parte, demonizar la posición del contrincante no busca otra cosa que desprestigiar dicha posición a tal punto que sea socialmente costoso defenderla. Ello funciona como una amenaza para todo aquel que quiera introducir un matiz y reflexionar sobre la posición contraria. Quien esté dispuesto a dar este paso tendrá que pagar un costo alto, esa es la mejor forma de amenazar el debate. Este alto costo es el que han tenido que pagar académicos como Sofía Correa y Rafael Gumucio. Ambos fueron linchados por el movimiento feminista y por estudiantes de sus propias universidades por introducir matices a la hora de reflexionar sobre el actual movimiento feminista universitario.

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«Para algunos políticos jóvenes de izquierda los dilemas éticos parecieran no existir. Lo justo o lo bueno ya está zanjado y quienes no compartan esta idea de justicia o de bien son considerados de frentón “malvados” o en el mejor de los casos ignorantes»

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Moralismo como estrategia /

En Chile, los paladines de la corrección política son, con algunas excepciones, los políticos jóvenes de izquierda. A estos jóvenes los caracteriza la ausencia de dudas y la abundancia de certezas sobre los asuntos más diversos, como si todos los asuntos fuesen susceptibles del mismo grado de «verdad», sin distinguir principios de instrumentos. Son talibanes a la hora de defender la diversidad, las minorías, a quienes se encuentran en posición de desventaja, pero absolutamente intolerantes con las minorías y la diversidad que no piensan como ellos, que no comparten sus ideas. Predican sus ideas desde un pedestal de superioridad moral, catalogando de violentas las ideas que contradigan las suyas. Some people ́s idea of free speech is that they are free to say what they like, but if anyone says anything back, that is an outrage (Winston Churchill).

Sin duda esta estrategia de moralizar la política es útil y la corrección política es su arma de combate. La corrección política tal como opera hoy es un lobo (censura) disfrazado de cordero (buenas maneras), que utiliza la victimización como escudo y la censura como navaja. Pero por más que el lobo se disfrace de cordero, sigue siendo lobo. Es importante advertir el peligro que encierra la corrección política, sin dejar de reconocer que en ciertos momentos el riesgo es menor que el beneficio. Este intento por hegemonizar el discurso supone en última instancia un desprecio por la democracia y el germen de la tiranía. Political correctness is tyranny with manners, solía decir el controversial actor de Hollywood y activista político Charlton Heston.(5)

La democracia, en su esencia, reconoce no solo la diversidad de visiones de mundo que existen en una sociedad, sino que también valora y legitima esta pluralidad. Esto supone igualdad ciudadana, es decir, no considerar a unos por sobre los otros. Este principio básico y fundamental de la democracia lleva a que las diferencias políticas se zanjen en las urnas. El desprecio por la alteridad, el no reconocimiento de la legitimidad de otras visiones de mundo, implica no reconocer que las distintas visiones de mundo tienen el mismo derecho, implica reconocer que hay algunos que moralmente están por sobre los otros, yendo en contra de los fundamentos de la democracia. La condición de posibilidad para que pueda existir una visión de mundo superior o una postura política superior es una moral o ética universal, es decir, absolutamente verdadera para todos y para siempre.

Pero aquí topamos con el gran dilema de la ética, su fundamento. Después de la crítica de Kant a las éticas materiales se vuelve imposible armar juicios singulares éticos a priori, es decir, que su validez sea para todos y en cualquier circunstancia. Si por medio de la razón no podemos darle contenido al «Bien» con certeza absoluta, ¿cómo legitimamos una ética? El peligro que enfrentamos en este vacío de legitimidad es la caída en el relativismo moral, que molesta a cualquiera que ve la necesidad de proteger valores que le resultan fundamentales. Pensadores importantes como Habermas, Rawls y Arendt, entre otros, se han hecho cargo de este asunto reconociendo esta precaria situación e intentando desde la precariedad fundar una ética, pues a pesar de que no tengamos verdades absolutas en ética, ello no nos libera de la necesidad de fundar una ética compartida, que proteja nuestra vida en comunidad.(6)
La corrección política que predomina en el debate político actual parece ignorar por completo esta situación. Es cosa de escuchar al diputado Giorgio Jackson o al excandidato a diputado Fernando Atria o Alberto Mayol para advertir que los dilemas éticos parecieran no existir. Para ellos, lo justo o lo bueno ya está zanjado y quienes no compartan esta idea de justicia o de bien —o incluso los instrumentos que de enden como si se trataran de principios— son considerados de frentón «malvados» o en el mejor de los casos ignorantes.

El problema de los argumentos morales en política es que destruyen uno de los principios sobre los cuales se funda la democracia, la igualdad entre las personas. En el plano ético las verdades absolutas al menos resultan dudosas. Creer que unos están en lo correcto y otros del todo equivocados revela una subestimación del «otro» y, más grave aún, la negación de las posibles legítimas diferencias, que albergan las sociedades globalizadas y pluralistas, que no se dejan reducir todas a intereses particulares o simplemente al paradigma de «ricos y pobres», «malos y buenos», «abusadores y abusados», «derecha e izquierda». Ello solo puede ocurrir cuando no vemos que en el otro hay un «tú».

El dogmatismo imperante denota una certidumbre preocupante sobre lo que está bien y lo que está mal. Esta certidumbre es peligrosa, pues destruye el pensamiento crítico, lo vuelve algo obvio y nos deja cual manada entregada al pensamiento de masas, que no es otra cosa que la renuncia a pensar. La libertad de expresión es incómoda, pues protege precisamente las opiniones que más nos molestan. Pero es preferible convivir con la incómoda e incluso enervante publicidad de quienes piensan radicalmente distinto que nosotros, a aceptar un discurso cuya violencia radica en el intento de homogeneización. He aquí la célebre frase que debemos una vez más reivindicar I do not agree with what you have to say, but I ́ll defend to the death your right to say it (Evelyn Beatrice Hall).

  1. El comunicado está accesible en el siguiente link https://www.thefire.org/email-from-intercultural-affairs/
  2. En el siguiente link se puede leer la carta de reclamo de la profesora Christakis https://www.thefire.org/email-from-erika-christakis-dressingyourselves-email-to-silliman-college-yale-students-on-halloweencostumes/. Esta polémica se enmarca dentro del debate sobre apropiación cultural (cultural appropiation), que cuestiona el uso libre de prendas de vestir o adornos por ser una apropiación inadecuada de una cultura ajena.
  3. Ver artículo «Yale lecturer Resigns after e-mail on Halloween costumes», en The New York Times, 7 de Diciembre del 2015.
  4. El libro de Kirsten Powers The Silencing: How the Left is Killing Free Speech (pp. 13) relata este caso en detalle. En adelante, este libro será citado solo mencionando la o las páginas entre paréntesis.
  5. Un amigo me sugirió sacar esta cita, no por su contenido, sino por quien la profesa. No puedo estar más en desacuerdo con la posición política de Charlton Heston y su movimiento pro armas, pero eso no impide que su frase sea certera y pueda utilizarla. Citar una frase suya no me convierte en una simpatizante de su causa.
  6. Eyzaguirre, S., 2016. «No es en absoluto evidente», Estudios Públicos, N° 144, pp. 292-293.