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Secuelas de una caricatura

Sátira religiosa y libertad de expresión en la tradición liberal

Cristóbal Bellolio
PhD en Filosofía Política, University College London

Hasta fines de 2005, Flemming Rose era el desconocido editor de cultura del diario danés Jyllands-Posten. Todo cambió para él después de que publicara un set de caricaturas de varios autores sobre Mahoma. Su nombre ingresó a la lista de «gente que debo matar» del fundamentalismo islámico. No le ha bastado a Rosen ser un héroe de la libertad de expresión; ha insistido también en reflexionar a ultranza sobre esta conflictiva categoría.

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«La tolerancia no consiste en guardar silencio frente a lo que nos molesta, sino en abstenerse de activar los mecanismos coercitivos del poder político para prohibir o censurar aquello que desaprobamos»

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El libro The Tiranny of Silence, de Flemming Rose,(1) es un relato en primera persona sobre la historia de la publicación de las fatídicas caricaturas —en especial aquella del dibujante Kurt Westergaard, que muestra al venerado profeta del mundo musulmán con una bomba en el turbante— y su inesperada repercusión global.

Y no es solo eso. Es, sobre todo, una defensa apasionada del derecho a decir aquello que a los demás puede resultarles incómodo, desagradable e incluso ofensivo. Es un largo argumento —generalmente consistente aunque a ratos dogmático— de la libertad de expresión en el marco de la tradición liberal occidental.

En un primer acercamiento a dicho argumento, Rose sostiene que la libertad de expresión no se contrapone, sino que implica el principio de tolerancia. Este no consiste en guardar respetuoso silencio frente a lo que nos molesta. Solo consiste en abstenerse de activar los mecanismos coercitivos del poder político para prohibir o censurar aquello que desaprobamos. Una libertad de expresión robusta requiere por tanto una idea de tolerancia igualmente robusta, pues en sociedades diversas estaremos expuestos a una variedad de discursos, algunos de los cuales evaluaremos positivamente, otros nos serán indiferentes y otros tantos nos resultarán nauseabundos.

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Una cierta tensión /

El caso de las caricaturas publicadas por el diario danés no agota el argumento. Pero tiene dos particularidades especialmente interesantes para el argumento general. La primera es que la libertad de expresión incluye —como lo llamó el filósofo liberal Ronald Dworkin a propósito del mismo caso— el derecho a ridiculizar. La sátira, en este contexto, pertenece al género de la crítica social. Rose explica que el objetivo de la publicación de las caricaturas no era agredir directamente la conciencia de los musulmanes sino hacer foco sobre la autocensura a la que se sometían muchos dibujantes a la hora de parodiar al Islam de la misma forma que lo hacían con otros símbolos religiosos.

El problema del humor satírico, advierte Rose, es que muchas personas creen que solo los miembros de una cultura tienen derecho a reírse de ella. Es una tendencia en boga en tiempos de corrección política: solo los judíos pueden hacer chistes de judíos, solo los homosexuales pueden hacer chistes de homosexuales, solo los negros pueden hacer chistes de negros, y así sucesivamente. Lo contrario sería perpetuar la discriminación que sufren estos grupos vulnerables a manos de una mayoría dominante. Rose toma la posición contraria: el derecho a la crítica social —de la cual el humor es un vehículo— no puede quedar condicionado a la pertenencia a una determinada identidad cultural, étnica, religiosa o nacional. La crítica social será más o menos pertinente dependiendo de su agudeza, no de la autoridad moral de quien la ejerce.

Se observa en este punto una tensión entre el discurso de cierto progresismo de izquierda y el discurso típicamente liberal: mientras el primero se concentra en la defensa de los oprimidos y se muestra, por tanto, dispuesto a restringir el derecho a la crítica (incluido el humor) de los opresores, el segundo mantiene que la libertad de expresión es universal, independiente de la posición que cada grupo ostente en la jerarquía social del momento. Esta tensión cobra especial relevancia a partir del auge de la llamada política de las identidades grupales en las democracias occidentales. Así, cada vez que un determinado grupo olfatea un discurso potencialmente ofensivo, se moviliza para censurarlo. Una verdadera «cultura de la queja» —como la denomina Rose— se ha impuesto incluso allí donde parece un contrasentido exigir «espacios seguros»: las universidades, instituciones cuya misión consiste justamente en desarrollar el pensamiento crítico, lo que usualmente requiere confrontar ideas que nos sacan de nuestra zona de confort intelectual y emocional. Rose alega contra esta cultura de identidades culturales en ascenso y reclama, en cambio, el respeto a la individualidad de las conciencias.

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«Cada vez que un determinado grupo olfatea un discurso potencialmente ofensivo, se moviliza para censurarlo. Una verdadera “cultura de la queja” —como la denomina Rose— se ha impuesto incluso allí donde parece un contrasentido exigir “espacios seguros”: las universidades, por ejemplo»

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Un caso chileno /

La segunda cuestión que plantea específicamente el caso de las caricaturas de Mahoma es si acaso los sentimientos religiosos son merecedores de protecciones especiales, es decir, protecciones que no tienen las ideologías políticas, las convicciones filosóficas, las éticas seculares o las lealtades deportivas, por señalar solo algunas que las personas suelen tener en alta estima.

Es un asunto que me concierne directamente: en muchos de los países donde la respuesta es afirmativa y las leyes contra la blasfemia o la apostasía son draconianas, yo no habría podido escribir mi Ateos fuera del clóset.(2) Quizás sí habría podido, pero lo estaría pagando con cárcel o latigazos, cuando no con la vida misma. Respecto de esta pregunta, el consenso en la teoría política liberal contemporánea es que la religión no es acreedora de privilegios y por tanto debe ser tratada como cualquier otra doctrina comprehensiva, en la jerga instalada por John Rawls. La posición de Rose se enmarca en esta escuela. El problema de la posición liberal es que presume, a partir de su origen protestante, que las personas tienen la capacidad de separarse de las ideas y creencias que profesan. El mundo islámico suele rebelarse ante dicha presunción. Muchos musulmanes (aunque no todos) consideran que un insulto a su profeta es un insulto a sus personas. No es una idea tan exótica ni hay que viajar a Medio Oriente para entenderla. En Chile, la película La última tentación de Cristo estuvo prohibida hasta entrados los años 2000 porque un influyente grupo de fieles católicos estimaba que retratar a Jesús viviendo en concubinato con María Magdalena constituía una afrenta a su fe, que a su vez era un componente esencial e inseparable de su identidad personal. El relato liberal es que se puede barrer el piso con las creencias de una persona respetando al mismo tiempo su dignidad. El problema es que dicho relato no es universalmente compartido.

Como se desprende de lo anterior, Rose es un el exponente de lo que podríamos identificar como la posición liberal standard. En este sentido, se matricula con la tradición estadounidense, que permite la más amplia diversidad de discursos como consecuencia de vivir en una sociedad culturalmente diversa. La otra tradición es la europea que, como consecuencia de la misma multiculturalidad, restringe el ámbito de discursos permisibles.

En efecto, muchos países del viejo continente contemplan sanciones incluso penales para quienes promueven discursos que incitan al odio o la discriminación. Flemming Rose prefiere un modelo donde no existe un derecho a «no ser ofendido». En su visión, el dilema entre estas dos tradiciones puede resumirse como libertad de expresión versus armonía social. Sin embargo, la europea no se trata solamente de armonía social como bien jurídico colectivo. Es posible elaborar otros argumentos —de cuño liberal, incluso— para justificar la restricción de discursos sistemáticamente odiosos. Aunque posterior a la primera edición del libro de Rose, esta discusión no puede prescindir de la posición que el teórico legal Jeremy Waldron ha expuesto en The Harm in Hate Speech.(3) En lo sustantivo, Waldron sostiene que los discursos de odio son discursos que causan un daño objetivo a la dignidad de las personas agraviadas.

Desde este punto de vista, las limitaciones a la libertad de expresión estarían destinadas a preservar una garantía básica de inclusión para todos los miembros de una sociedad. Lamentablemente, eso no se obtiene en un entorno social que avala la proliferación de narrativas públicas hostiles a ciertos grupos. Si lo queremos poner en lenguaje liberal «rawlsiano», podríamos decir que todos los individuos tienen derecho a ciertos bienes primarios entre los cuales se incluyen las bases sociales del igual respeto. En la terminología —también liberal— de Elizabeth Anderson, podríamos sostener que todos los ciudadanos son acreedores de un estatus de igualdad democrática que es incompatible con una estructura de relaciones sociales tan asimétrica que favorezca la dominación de unos sobre otros. Es decir, parece que los liberales no debiesen oponerse a cualquier limitación de la libertad de expresión en forma dogmática, sino examinar si las condiciones en las cuales se ejerce el derecho a decir lo que uno quiere pone en riesgo otros valores del mismísimo corpus liberal.

Rose exagera cuando sostiene que aquí se encuentra la línea divisoria entre sociedades abiertas y sociedades opresoras; una sociedad que limita excepcionalmente ciertos discursos en nombre de las bases sociales del igual respeto o la igualdad democrática no es automáticamente una sociedad opresora.

En cualquier caso, a propósito del episodio que motiva el argumento de Rose, Waldron considera que las caricaturas del profeta Mahoma bien pueden constituir un caso de ofensa, pero no necesariamente un caso de daño en el sentido problemático recién descrito. Una cosa es el mal gusto y la falta de prudencia, otra cosa es configurar un tipo penal que amerite censura coercitiva. Rose piensa de la misma forma: una cosa es admitir que ciertas expresiones no son para nada constructivas y otra cosa es cercenar su derecho a existencia legal. Así, Waldron refuerza la línea argumental del diario Jyllands-Posten: las caricaturas deben ser interpretadas como una forma de crítica social —especialmente en el contexto de una tradición de sátira política y religiosa— y no como un ejercicio de difamación al pueblo musulmán. Ni el Corán ni el Islam ni ningún profeta o libro sagrado, en esta perspectiva, pueden exigir inmunidad.

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«Según la activista secular Ayaan Hirsi Ali, exmusulmana, la visión de que ciertos grupos son tan sensibles que no pueden siquiera tolerar discursos ofensivos en el espacio público es una especie de racismo a la inversa, un racismo “de las bajas expectativas”, tan condescendiente como infantilizador»

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Hitler con mordaza /

En relación al argumento general a favor de un esquema de libertad de expresión lo más extenso posible —el límite estaría en la capacidad de las palabras de incitar directamente la violencia física—, Rose dispone aun de dos posibles réplicas a la posición liberal-restriccionista de Waldron. La primera la encontramos en la entrevista que Rose realiza a la activista secular Ayaan Hirsi Ali. Según la más célebre de las exmusulmanas, la visión de que ciertos grupos son tan sensibles o temperamentales que no pueden siquiera tolerar discursos ofensivos en el espacio público es una especie de racismo a la inversa, un racismo «de las bajas expectativas», tan condescendiente como infantilizador. Su tesis es que la verdadera inclusión se produce al someternos al mismo estándar del resto de la comunidad. Es decir, si la sátira está socialmente legitimada respecto de todas las confesiones religiosas, pedir excepciones para una de ellas es una forma de exclusión.

Es un argumento provocativo: habría que someterse al bullying como requisito de entrada a la comunidad de iguales. Pero no funciona si la víctima es sistemática e indefectiblemente la misma. Los musulmanes, sostienen Rose e Hirsi Ali, no están en esa situación. De hecho, una vez que la controversia se vuelve global, ni siquiera cabe hablar de una minoría. La pregunta que queda en el aire es si acaso algunos grupos ‒por ejemplo, aquellos que no están acostumbrados a burlarse de lo sagrado‒ pueden resistirse al tipo de inclusión de fuego que sugiere Hirsi Ali.

La segunda réplica, en cambio, es de índole consecuencialista: en la práctica, es peor censurar que permitir las expresiones ofensivas o agraviantes. Prohibir es contraproducente, pues las voces silenciadas a la fuerza suelen victimizarse, adquiriendo con ello mayor visibilidad. En este contexto, es común escuchar que, si la propaganda nazi hubiese sido proscrita desde un inicio, Hitler jamás habría llegado al poder. Pero eso no es enteramente cierto, advierte Rose: la república de Weimar sí proscribió el discurso de Hitler en los años veinte. Sus partidarios no desaprovecharon la oportunidad: imprimieron dibujos del líder con una mordaza y la leyenda «solo a él, de dos mil millones de personas en el planeta, no se le permite hablar en Alemania». Esto no quiere decir que los horrores del nazismo se hubieran evitado bajo el modelo americano de libertad de expresión. Para nada. Pero constituye evidencia histórica de que a veces el remedio —por bienintencionado que parezca— es peor que la enfermedad. Esta es la crítica que ha realizado el juez y filósofo legal Michael W. McConnell respecto de la propuesta liberal-restriccionista de Waldron: la razón por la cual la libertad de expresión está tan constitucionalmente protegida en Estados Unidos no es porque existan dudas respecto de que ciertos discursos puedan causar daño objetivo, sino porque se teme más a la censura y sus efectos. Las leyes que restringen la libertad de expresión, advierte McConnell, suelen ser usadas por las facciones políticamente más poderosas para suprimir los discursos disidentes. En la misma línea, Rose señala que los más entusiastas respecto de las leyes que se promulgaron después de la Segunda Guerra para penalizar la negación del Holocausto fueron justamente los soviéticos: les proveyó de un marco normativo legitimado en el mundo occidental para silenciar voces incómodas en el frente interno. La fibra libertaria de Rose se prueba en este punto: aunque los daneses de Jyllands-Posten y los franceses del semanario Charlie Hebdo se hermanaron a partir de las tragedias que sufrieron a manos del extremismo islámico y han dado conjuntamente la batalla por el derecho a ridiculizar en Europa, solo los segundos estiman que la libertad de expresión no se extiende al negacionismo. La tesis de Rose, en cambio, es que las aseveraciones disparatadamente revisionistas deben ser enfrentadas abiertamente, pues es la forma idónea de desnudarlas en su grotesca extravagancia.

Inmunizarlas no sirve de nada. Y si no fuesen disparatadas, entonces es mejor que formen parte del proceso epistémico continuo a través del cual las sociedades forman conocimiento. La herencia de John Stuart Mill en plenitud.

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  1. Rose, F., 2014. The Tyranny of Silence. CATO Institute Press.
  2. Bellolio, C., 2014. Ateos fuera del clóset. Debate.
  3. Waldron, J. 2012. The harm in hate speech. Harvard University Press.