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Un liberal incómodo

Friedrich Hayek y Chile (1899-1992).

Leonidas Montes
Director del Centro de Estudios Públicos y Director Cátedra Adam Smith UAI Á - N.1

Pocos pensadores han sido tan criticados como Hayek. Sus tempranos reparos al socialismo y a una economía central planificada, que encontraron su expresión más formidable en su famoso El uso del conocimiento en la sociedad (1945), lo convirtieron en un blanco predilecto de la izquierda. Pero las críticas no se han circunscrito solo a esta tendencia política.

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Su clásico Camino a la servidumbre (1944) fue otra expresión de este fenómeno. Pese a todas las dificultades para su publicación en Estados Unidos, fue un éxito de ventas. Tanto así que un desconocido Hayek fue invitado a ese país. Mientras navegaba sobre el Atlántico, el Reader ́s Digest, con un tiraje de 10 millones de ejemplares, publicaba un didáctico panfleto condensado de Camino a la servidumbre. Esto convirtió a Hayek en una original y novedosa figura intelectual para los americanos. Así, en abril de 1945, finalizando la Segunda Guerra Mundial, Hayek llegaba a Estados Unidos con su peculiar bigotito. Lo que inicialmente iban a ser cinco semanas de charlas académicas, se convirtieron en un tour para el intelectual del momento. Fue su minuto de fama antes de recibir el Premio Nobel de Economía en 1974. En la vorágine de esta inesperada popularidad, los políticos conservadores y los empresarios americanos que lo recibieron y agasajaron, no sabían con la chichita que se estaban curando.

Hayek era un liberal clásico contrario al proteccionismo, a las prebendas y los privilegios. Y en esto fue muy claro y consistente en todas sus entrevistas durante su visita.

La controvertida figura de Hayek no solo ha sido criticada por la izquierda, los socialistas, los economistas (no es casual que Hayek haya escrito y declarado con frecuencia que «un economista que es solo un economista, no es un buen economista»), sino también por liberales que lo acusan de conservador y conservadores que lo critican por su liberalismo. Por ejemplo, mientras permanecía en el Departamento de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago —no estaba en la Facultad de Economía ya que era muy crítico de la economía neoclásica y de la metodología positiva de Milton Friedman— publicó su monumental La constitución de la libertad (1960). Y a este libro, para responder a los ataques por su aparente conservadurismo, le agrega un postcript titulado Por qué no soy un conservador.

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Reacciones emocionales

Chile no ha sido una excepción en las críticas contra Hayek. De hecho, el nuevo libro F. A. Hayek. Dos ensayos sobre economía y moral (1) es solo otro ejemplo reciente.

La recepción de la obra de Hayek en Chile es compleja e interesante. Es cierto que después de su segunda visita a Chile en abril de 1981, invitado por Jorge Cauas para asumir como Presidente Honorario del Centro de Estudios Públicos, se inició la difusión de su obra. Pero también es cierto que antes de eso muy pocos conocían o habían leído a Hayek. Con la excepción de Camino a la servidumbre, su Constitución de la libertad y los tres volúmenes de Ley, legislación y libertad (1973, 1976 y 1979) eran prácticamente desconocidos en Chile. Ciertamente lo leyeron intelectuales como Oscar Godoy, quien descubrió a Hayek a través de Pedro Ibáñez Ojeda, y Jorge Millas, que lo analizó y criticó en sus cursos públicos y privados. Pero el economista vienés también era citado con propiedad por algunos que quizá solo lo leyeron al pasar. De hecho Jaime Guzmán es quizá el caso más emblemático de los que usaron pero no necesariamente leyeron a Hayek.

Como su nombre apareció más de una vez durante la discusión para la Constitución de 1980 (este supuesto vínculo muy posiblemente influyó en la mirada crítica de Jorge Millas), incluso se llegó a escribir que «la Constitución [de 1980] no solo fue llamada como su libro La constitución de la libertad, sino que también incorporó elementos significativos del pensamiento de Hayek».(2) La realidad, como se plantea en Friedrich Hayek and his visits to Chile,(3) no es tan simple. Y en Chile la obra de Hayek no era tan conocida como se asume. Quizá lo más notable de su última visita a Chile en 1981 es la estupenda entrevista que le hizo Lucía Santa Cruz.(4) De hecho, ésta fue inmediata y agudamente recogida por Mario Góngora para explicar las diferencias entre una mirada Chicago y una posición más hayekiana.(5) En efecto, Mario Góngora critica al neoliberalismo constructivista de los Chicago Boys o lo que él define, inspirado por Hayek, como la «revolución desde arriba». Y el historiador, a partir de la entrevista de Lucía Santa Cruz, percibe la diferencia entre una mirada hayekiana al estilo de los Old Whig, que admira la tradición de la ilustración escocesa y desconfía de los expertos, y el utilitarismo de Bentham, que cree conocer las recetas y las soluciones aplicando el principio de la mayor felicidad del mayor número que caracteriza a los Chicago Boys.

El libro F. A. Hayek. Dos ensayos sobre economía y moral, publica verbatim el ensayo de Daniel Mansuy del 2015 (ver Cuaderno de Empresa y Humanismo No1) y un ensayo de Matías Petersen en el que compara a Hayek con Röpke intentando rescatar a este último. Después de esta breve introducción de las ideas de Hayek en nuestro contexto local, me concentraré en el ensayo de Mansuy.

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Optimismo y escepticismo

Mansuy desarrolla diversas críticas, donde algunas, por cierto, son más justas que otras. Por ejemplo, comparto plenamente sus justificados reparos al capítulo 17 del último volumen de Ley, legislación y libertad (1979). En este punto Mansuy critica la propuesta hayekiana para impedir cualquier tipo de contaminación política porque la considera una idea sin apego a la realidad, concluyendo con la magnífica frase de que este pensador «busca tanta pureza en el origen de la ley, que la deja muy lejos del ciudadano, de modo que la ley gana en pureza lo que pierde en legitimidad» (p. 54). Pero no estoy de acuerdo con su idea de una «tesis epistemológica pesimista» (p. 16). Pienso que Hayek es más bien optimista, no obstante es crudamente realista en relación a la naturaleza humana.

Aunque hay otras ideas dignas de analizar y debatir, el punto de partida de Mansuy para enfrentar a Hayek es también su broche de cierre. Mansuy se sorprende ya que en el penúltimo párrafo del ensayo titulado Los intelectuales y el socialismo,(6) Hayek menciona que el liberalismo, a diferencia del socialismo, carece de una «utopía liberal». Y se cuelga de esta supuesta incongruencia para iniciar su análisis crítico y concluir su ensayo argumentando que Hayek «al asumir las armas del adversario, le concede los puntos más fundamentales de la disputa» (p. 63).

Este argumento de inicio y cierre ignora una cuestión lingüística, así como el contexto y sentido de la frase donde aparece la palabra utopía. Partamos por lo primero. La lectura o interpretación de la «Utopía», con U mayúscula, tal como la usa Hayek, puede ser vista como un ideal o como el no lugar, o sea, el literal u-topos al que se refería Tomás Moro hace más de 500 años. Cualquier conocedor del pensamiento de Hayek se sorprendería con un Hayek apelando a una «Utopía», refiriéndose a ésta como una utopía ideal. Pero no se sorprendería si se tratara de una utopía entendida como un simple no lugar, que no existe ni existirá. Esto último es más propio de ese escepticismo y realismo que Hayek hereda de la Ilustración Escocesa. En segundo lugar, y yendo directamente al contexto de la frase, en el ensayo Los intelectuales y el socialismo (1949), cuando Hayek dice «Lo que no tenemos es una Utopía liberal», más que añorar o intentar construir una auténtica «Utopía», que es lo que critica Mansuy, Hayek, con un dejo de impotencia ante el éxito del relato socialista, realiza una crítica a los intelectuales. El escepticismo de Hayek, junto a su noción de una razón limitada, sería solo consistente con una utopía como la de Tomás Moro, esto es, una utopía entendida como no lugar y no como un ideal. Para Hayek, gran conocedor de la naturaleza humana, no existe un liberalismo o ni siquiera un socialismo puro, por tanto, no corresponde siquiera imaginar una «Utopía liberal». En términos más filosóficos, no encontramos una teleología en el pensamiento de Hayek, sino más bien un proceso que es humano.

Pero el texto nos agrega otra arista para entender el sentido de utopía. Poco antes de referirse a la supuesta necesidad o falta de una «Utopía liberal», Hayek habla de la necesidad de ofrecer un «nuevo programa liberal» que apele a «la imaginación» y, luego, poco más adelante, llama a defender con entusiasmo «los ideales del libre comercio y la libertad». Es más, al referirse Hayek a la carencia de esa «Utopía liberal» que explota Mansuy, inmediatamente agrega que ésta debería tratarse de «un programa no como defensa de las cosas como son, ni como un diluido tipo de socialismo, sino como un verdadero radicalismo liberal que no ceda ante los intereses de los todopoderosos». Aquí claramente aparece el Hayek liberal que tanto incomoda y que no pretende un ideal o una «Utopía» liberal, sino que solo intenta entender y confrontar la realidad con su liberalismo. Por tanto, la sorpresa ante el uso de una aparente «Utopía» liberal no debería ser tan sorpresiva si se analiza con mayor detalle la última página de su ensayo.

Es importante rescatar que en Los intelectuales y el socialismo, Hayek elabora un interesante y provocativo análisis de la relación entre la política, los intelectuales y el socialismo. Parte preguntándose por la influencia de los intelectuales en la política, en seguida analiza quiénes y cómo son esta clase de “intelectuales” y, finalmente, examina por qué generalmente se inclinan hacia el socialismo. Finaliza este ensayo con un llamado a valorar y luchar por “los fundamentos filosóficos de una sociedad libre” como un “problema intelectual vivo” que “desafíe la ingenuidad e imaginación de nuestras mentes alertas”, para cerrar con una nota optimista declarando que “el renacimiento del liberalismo está en camino en muchas partes del mundo”.

Para terminar, conviene recordar que en este ensayo Hayek habla de the decisive power of the professional secondhand dealers in ideas. El poder de estos «vendedores profesionales de ideas de segunda mano» no corresponde solamente a los intelectuales socialistas. Para Hayek toda la clase o tribu de intelectuales tiene este poder que deriva de las ideas de otros. En su caso personal siempre reconoció que sus ideas descansaban sobre los hombros de los grandes pensadores liberales. Y también reconocía lo positivo de sus adversarios intelectuales. Por esta razón, no hay que olvidar y menos dudar de la genuina humildad hayekiana (p.16 y p.30). En relación a Hayek, pareciera que en Chile el poder de nuestros intelectuales ha reemplazado esta virtud por una crítica que tiende a ignorar lo valioso de su legado intelectual.

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  1. Mansuy, D., y Petersen, M., 2018. F. A. Hayek. Dos ensayos sobre economía y moral, IES. En adelante, este libro será citado solo mencionando la o las páginas entre paréntesis.
  2. Fischer, K., 2009. «“Authoritarian Freedom”: A Hayekian Constitution for Chile» en The Road from Mont Pèlerin: The Making of the Neoliberal Thought Collective, editado por Philip Mirowski y Dieter Plehw, p. 327.
  3. Bruce Caldwell, B. y Montes, L., 2015. Review of Austrian Economics, volumen 28, número 3, pp. 261-309.
  4. Ver diario El Mercurio, domingo 19 de abril de 1981.
  5. Ver el final de su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, de 1981.
  6. Fue publicado originalmente en 1949 por The University of Chicago Law Review, y nuevamente en 1967 como el capítulo 12 de sus «Estudios en filosofía, política y economía».

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Leonidas Montes