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Ficción

Este año la editorial Saposcat publicó Exageraciones, el primer libro de María Pía Escobar.

María Pía Escobar
Á - N.2

Este año la editorial Saposcat publicó Exageraciones, el primer libro de María Pía Escobar, que de manera imprevisible alterna relatos y ensayos. Los textos se distinguen por un humor sulfúrico y por estructurarse como una cadena de absurdos. No hay, en la narrativa chilena joven de estos días, una obra que de manera tan efectiva rastree los detalles de la delgada línea que separa la demencia de la vida común y corriente.

Diario de una transetaria

Día: 26 de febrero

 

Querido diario:

 

Inicio estas páginas con la grata noticia del acontecer de mi primera cita.

Pocas horas atrás, pude juntarme, luego de meses de intentos, con Roland Merlevich, reconocido pintor de obra abstracta, al cual admiro como artista y pensador, pero, sobre todo, lo admiro a él en su calidad de hombre.

Debido a mi condición de transetaria ¾edad mental sobre los 65 años, en cuerpo biológico de 10¾ la incipiente amistad con Roland, iniciada en una galería de arte, se había estancado, llenado de tropiezos; absurdos obstáculos impuestos por mi madre.

 

Querido diario: la transición no ha sido fácil.

 

El público ajeno a mi vida, en general, no comprende mi transetarismo, pues solo vislumbra mi carne: 1,48 centímetros de altura, espalda angosta, piel tersa que carece de pelos en las extremidades y un tronco sin adiposidades en las caderas. Para qué hablar de la planicie de mis senos o el olor dulce y pulcro de mis bragas.

Habito, lamentablemente, en un cuerpo de niña.

 

Aunque sufro diariamente, debo ser justa. He ganado batallas que, aunque pequeñas, reconfortan mi espíritu: tomo café sin miradas escrutadoras; brindo con vino en cenas, prendo sin ayuda el horno para cocinar panes y delicias, y salgo a dar largos paseos a media tarde, sin pedir permiso ni ofrecer explicaciones.

Dicho lo anterior, digo con cierta frustración, que hay un terreno apenas recién explorado, un terreno sinuoso cargado de minas a punto de estallar, una trinchera delimitada por alambres de púas y vigilado por francotiradores: el sexo opuesto.

«No soy una niña», le digo a mi madre al hablar de amores. Pero ella insiste en la leche caliente antes de dormir y los cereales al despertar.

Digo todo esto, querido diario, para graficar la difícil misión que me ha supuesto el lograr mi encuentro con el artista.

Misión que, debido a mi madurez, he completado hace tan sólo unas horas.

Escribo esto desde la placidez del victorioso.

 

Pero vamos a la cita.

 

Roland, caballero de palabras nobles y pinceladas agudas, pidió a mi madre el prudente tiempo de dos horas para un café.

«Soy un hombre casado, señora. De su hija, sólo me interesa su amistad», dijo.

Toda la sentencia, que escuché apenas puse mi oreja al otro lado del teléfono, caló en mi tibio pecho como lo haría una estaca al traspasar la delgada y pálida piel de un vampiro, con fiereza.

En dos segundos, me derrumbé.

Mas la calma vino a mí: según diversas amigas de la Cruz Roja y mi querida abuela amiga, la asimetría amorosa es un tópico común y corriente, del que nadie escapa.

 

Nos juntamos en el único café donde se respeta y avala mi transetarismo. Al llegar a él, independiente de quien sea el empleado de turno, se me dice:

«¿Expreso doble con galletas de mantequilla, señora Adela?».

Paralelo a la pregunta, antes de que acabe, respondo afirmativamente y me siento con propiedad en la mesita que da al ventanal.

 

Dada la sensibilidad artística de mi cita, practiqué conversaciones que podrían resultarle atractivas.

Debía iniciar la charla con alguna polémica y decidí hacerlo con mis tajantes opiniones respecto a Wassilly Kandinsky.

Para hacerme valer, pensé.

 

Entonces dije, sin mucho tacto, que la obra de Wassilly Kandinsky me parecía horrorosa.

«Las composiciones me generan ansiedad: círculos aleatorios, líneas sin sustento», «puntos de fuga azarosos», «una sopa plagada de ingredientes incoherentes», «colores pálidos, azules sin profundidad», «fondos grises: decadencia», terminé diciendo.

 

«Si detestas a Kandinsky, espero que rescates a Mondrian», me respondió Roland, un tanto impaciente.

«En ese caso, si ya entramos de lleno en el arte abstracto, Mark Rothko», respondí, con la firmeza de quien hace un jaque mate.

«En todo caso, si hablamos de maestros, ¡Georgia OʼKeeffe!», afirmó, invadiendo mi espacio personal con decenas de gotas de saliva, expulsadas desde su estómago, supongo, sin decoro.

«Eso si eres dentista, y quieres adornar tu sala de espera», respondí con desdén.

 

Debo admitir, querido diario, que lo anterior fue dicho con la desesperación de alguien que quiere impresionar a toda costa, pues respeto a Georgia OʼKeeffe como respeto al amor.

Para no contradecirme, y mostrar mi rectitud, mantuve mis dichos hasta el final, a pesar de avergonzarme de ellos. Además, aproveché el impulso para demostrarle a mi cita mi oscuro humor: agregué que las flores de Georgia son tan falsas como las flores plásticas que se venden a precio de baratija en mercados chinos.

 

Mi cita, absolutamente desencajada por mis comentarios, se levantó y fue al baño.

 

Ya de vuelta Roland del baño, pedí mi tercer café y pinté por quinta vez mis labios. Fue allí donde mi ansiedad se hizo evidente para el hombre, quien me hizo la siguiente observación:

 

«Adela, tu ansiedad y exaltación no son un signo de personalidad. No te vuelven única ni particular. Solo te generan angustia, es nefasto». Y remató:

«Los ansiolíticos te serían de gran ayuda».

 

Por primera vez, querido diario, fui integrada al mundo adulto sin conservadurismos.

Fui aceptada como una de los trillones de ancianas con desperfectos gatillados por una larga y dura vida.

Dicha la sugerencia de los fármacos, el galante hombre de barba y sombrero, mi cita, se despidió de mí con un gesto de reverencia, ante el cual me derretí.

Sentí, sospecho, mariposas.

 

Y allí quedé, sola, con un expreso doble, sola, con pensamientos oscuros sobre mi propia persona, gatillados por el hombre de mi vida.

Sola, totalmente sola.

 

En plena soledad, reflexioné lo siguiente:

¿Me aconsejó por interés?, ¿preocupación o autoridad?, ¿me ve como mujer?

 

Dejo estas preguntas, querido diario, plasmadas en estas páginas para la posteridad, con la intención de que sean resueltas por mi propia pluma.

 

Se despide, sin más, una mujer enamorada.

 

Sra. Adela.

 

Carta de una transetaria
A dueño de la tetería «RegocijarTé».

Señor Johnson, propietario de la reciente tetería:

 

Junto a mis amigas de la Cruz Roja, todas mujeres ya paridas a excepción de quien habla, nos dirigimos, lamentablemente, debo decir, a su local, ubicado en un excelso patio lleno de trepadoras y buganvilias. Entramos dichosas, atraídas por el verde frescor de la flora y por una decena de pájaros cantarines, que revoloteaban de un lado a otro en su patio, plagado de buganvilias y trepadoras.

 

Debo decirle, señor Johnson, que ya instaladas, los dulces cantos se vieron empañados por una mujer ¾cuyo rostro mi cerebro ha bloqueado por trauma¾, que, escoba en mano, espantó y golpeó a las aves, que escaparon tiritonas. Sus alas, señor Johnson, se batieron frenéticas para escapar quién sabe hacia dónde, pobres víctimas del descaro humano.

 

A pesar del impacto por la escena, nos quedamos. Craso error, señor Johnson.

Al llegar los jugos -que de naturales no tenían ni el hielo- se nos dijo que el pavo a las finas hierbas recién se había acabado y, en su lugar, se nos ofreció pollo con arvejas. Como ve, señor Johnson, el ofrecimiento no le llegaba ni a los talones al menú original: el pollo, como debe saber, es el familiar pobre del fino pavo y las arvejas el impresentable amigo borracho de las legumbres.

 

Por hambre, aceptamos. Pero antes, pregunté si las arvejas eran frescas o enlatadas.

«Son frescas, pequeñita», me dijo la empleada con una sonrisa dulce que, sin duda alguna, transgredió mi dignidad al omitir de su cráneo sin cerebro mi condición de transetaria, y atribuirme edades preescolares.

 

A mi parecer, luzco mis 71 años a pesar de haber nacido hace tan solo diez; visto prendas con encaje, pongo colorete en mis pómulos, me peino cuatro veces al día y, nueva victoria: fumo tabaco.

 

«No soy pequeña», le dije, y saqué mi cigarrillo, que lo prendí en su cara.

Me miró con horror, fue a buscar lápices de colores, me los pasó y me ofreció un globo.

 

La experiencia me permitió mantener la calma.

 

Además de la humillación, señor Johnson, nos presentaron un plato que parecía un terreno baldío y terroso: una lonja de pollo apenas blanco, un pedazo redondo de zanahoria y diez arvejas pálidas, hinchadas: enlatadas.

 

Mi reclamo se hizo inmediato, y la empleada, ya odiada por todo mi cuerpo anciano, me aseguró y reaseguró la reciente compra en el mercado de las «arvejitas».

 

Como ve, señor Johnson, su tetería, además carecer de un cocinero (porque chef es imposible en su negocio), es atendida por humanos malignos, mentirosos.

 

Sumado a todo esto, en plena digestión de las arvejas enlatadas, se acercó a nuestra mesa un tamborilero, cuyos movimientos eran desenfrenados: sin moverse ni cambiar su eje, realizaba círculos, como un tornado. El sonido que emanaba del trompo era metálico, doloroso y de ritmo carnavalesco. Ninguno de los presentes, ningún empleado de su local, ni uno solo, le pidió al hombre que se retirara; lo contrario: animaban el acto con aplausos y risas.

 

Mi estancia en su tetería, señor Johnson, fue, por lo bajo, incómoda.

 

Aun así, le deseo suerte, que ese espacio infernal no succione su alma.

 

Sra. Adela