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Irene, Lina y Svletana

Tres desterradas del siglo XX

Monika Zgustova
Escritora, traductora y periodista Fotografía portada: María José Pedraza Santiago, Chile Á - N.2

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El siglo XX, con sus dos guerras mundiales, con su guerra fría, sus revoluciones y sus luchas, fue una edad de impensados avances tecnológicos en el cual el mundo vio prosperar los totalitarismos de uno y otro sello, con su carga de sufrimiento y exilio para millones de seres humanos. Lo que sigue son las historias de tres mujeres que se resistieron al poder total y terminaron haciendo sus destinos en el desarraigo.

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.El totalitarismo, la guerra, el holocausto, el exilio: he aquí cuatro fenómenos que definen el siglo XX.
 

Con sus ideologías esclavizantes, guerras mundiales y guerras civiles, dictaduras y totalitarismos, el siglo XX generó olas de exiliados, que en algunos casos cambiaron el mapa étnico de las grandes urbes europeas y americanas. Alemanes, rusos, españoles, judíos y, más recientemente, bosnios y kosovares, todos ellos en su momento debieron abandonar sus lugares de origen huyendo de algún horror.
 

El exilio del siglo XX se ha convertido en una de las manifestaciones fundamentales de la crisis de la civilización europea. Sin embargo, el exilio no es nada nuevo en la historia de la humanidad: Moisés y José eran exiliados, al igual que Lot y su mujer, ese símbolo de la fidelidad a sí mismo llevada al límite de la obstinación. Veinte años duró el exilio de Ulises. Edipo se autoexilió y, arrancándose los ojos, se condenó a ser, al mismo tiempo, un exiliado al interior. Ovidio fue el primer poeta expulsado de su país, el primer caso de la violación de la libertad de creación y le siguió, entre muchos otros, Dante.
 

El conocido ensayista alemán Theodor Adorno, que se exilió a los Estados Unidos para huir de los nazis, advirtió a los demás refugiados como él que si perdieran su atributo de extranjeros perderían su alma. A pesar de que muchos han preferido el lema de Séneca ¾«el mundo entero es mi patria»¾, el desarraigo puede ser enriquecedor.
 

Los destinos de tres mujeres del siglo XX, que se presentan a continuación, ilustran lo que ha sido vivir bajo distintos totalitarismos. La escritora Irène Némirovsky huyó del totalitarismo comunista y pereció en el nazi; la cantante Lina Prokófiev sobrevivió al nazismo y quedó marcada por el comunismo; la escritora Svetlana Alilúyeva huyó del insoportable legado de su padre, Stalin, para transfigurarse en una ciudadana del mundo.
 

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Irène Némirovsky. Una suite inconclusa

 
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Irène Némirovsky  no profesaba ninguna religión, no frecuentaba la sinagoga y en su casa se hablaba en ruso. Sin embargo, por ser judía, tanto en su Ucrania natal como luego en Rusia, las autoridades no la dejaron matricularse en las escuelas para rusos. Desde entonces Irène siempre fue consciente del hecho de que su ambiente no la aceptaba. Cuando después de la Revolución de 1917 sus padres decidieron huir de Rusia, la primera parada de la familia fue Finlandia, donde muchos emigrados rusos esperaban poder trasladarse a Occidente. Incluso allí Irène notaba el recelo de los padres de aquellos compañeros suyos con los que había trabado amistad.
 

El país que fascinó a Irène fue Francia, donde pudo finalmente establecerse. Su espíritu lógico y su manera de ser prudente, su admiración por la libertad individual y su sentido de la justicia social la sedujeron tanto que pronto empezó a sentirse mejor en compañía de los franceses que de los rusos.
 

En 1926 el padre de Irène se trasladó a los Estados Unidos y desde allí intentó convencer a su hija que lo siguiera, alegando que Europa no era un lugar seguro, especialmente para los judíos. Pero Irène, que a finales de los años veinte tuvo su primer éxito literario, decidió no hacerle caso y optó por lo que ella creyó que era la paz, la seguridad y la moderación. Estaba convencida de que no corría ningún riesgo.
 

Némirovsky se hizo de Francia una idea muy elevada: era la tierra de la revolución, de la libertad y de los derechos humanos, era el país de la Ilustración que después del caso Dreyfuss nunca podría volver a traicionar a los judíos. Además, a Némirovsky la sedujo el París cosmopolita de los años veinte, bullente de vida en las calles, donde en los cafés y los restaurantes como La Closserie des Lilas o La Coupole se oía hablar inglés americano, español, ruso y alemán, entre muchos otros idiomas. En este ambiente Irène, a los 26 años, publicó su primera novela, David Golder, «una obra maestra», según la calificó el temible crítico de Le Temps. Otros críticos la compararon con Tolstoi y Dostoievski, e incluso con Balzac. Con tanto éxito, ¿por qué debía hacerle caso a su padre que desde Estados Unidos la bombardeaba con cartas llenas de advertencias?
 

No obstante, en los años treinta en Francia empezó a extenderse la idea de que los extranjeros en general, y los judíos en particular, representaban una infiltración peligrosa para la identidad francesa, una invasión de bárbaros que generaba desempleo y que dañaba el refinamiento cultural francés. Pero Irène vivía en un mundo literario en el que esas voces eran marginales y publicaba sus novelas El baile, El vino de soledad y Las moscas de otoño con gran éxito de crítica y de ventas.
 

Suite francesa es su novela más conocida. En ella Némirovsky retrata el sobresalto que representó la invasión nazi de Francia en 1940 y el éxodo que la siguió. Como si se tratara de un documental cinematográfico filmado en directo, Suite francesa  dibuja el comportamiento de la gente que súbitamente se encuentra en una circunstancia sin precedentes, una situación límite. Es entonces cuando se revela lo más recóndito del carácter de cada uno de los personajes. Sólo un exiliado podía escribir un libro como éste sobre el desplazamiento físico pero también emocional, sobre la espera de la huida y el éxodo en sí mismo.
 

Mientras la literatura de Irène lograba cada vez más éxito, el antisemitismo en Francia, bajo la influencia de la Alemania de Hitler, se hacía cada vez más potente. Y al final, ya en la Francia ocupada, el 13 de julio de 1942, mientras trabajaba en la Suite francesa, Irène Némirovski fue detenida y enviada a Auschwitz, donde murió un mes después de haber llegado. La obra quedó inconclusa.
 

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Carolina Codina. Una española en el Gulag

 
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Hay personas que encarnan los acontecimientos de un siglo. Fue el caso de Carolina Codina, la esposa española del compositor Serguéi Prokófiev, cuya vida ejemplifica lo mejor y lo peor del tiempo que le tocó vivir.
 
 

Suite francesa es su novela más conocida. En ella Némirovsky retrata el sobresalto que representó la invasión nazi de Francia en 1940 y el éxodo que la siguió. Como si se tratara de un documental cinematográfico filmado en directo, Suite francesa  dibuja el comportamiento de la gente que súbitamente se encuentra en una circunstancia sin precedentes, una situación límite.

 
 

Lina fue una mujer auténticamente cosmopolita: hablaba siete idiomas perfectamente. Su madre, cantante de ópera, provenía de la nobleza polaco-lituana; su padre, un tenor internacionalmente apreciado, era catalán. Lina nació en 1897 en Madrid y estudió en la Suiza francesa y Nueva York. Fue en esta última ciudad donde un día conoció al joven músico que había huido de la Revolución Rusa. La pareja se estableció en París, donde Lina continuó sus estudios de canto y Serguéi su carrera de compositor, pianista y director de orquesta. La actividad musical de Prokófiev llevó a ambos a muchas capitales europeas y estadounidenses. Pronto se hicieron amigos de artistas e intelectuales, entre ellos de Picasso, Chaplin, Stravinski, Coco Chanel, Missia Sert, Debussy y Rajmáninov. La vida de la pareja transcurría entre escenarios de las salas de concierto –la soprano Lina cantaba canciones de Prokófiev, que la acompañaba al piano–, recepciones en las embajadas, vacaciones a la orilla del mar y cenas con artistas célebres. Sin embargo, todo cambió cuando en 1936 tomaron la decisión de trasladarse con sus dos hijos a la Unión Soviética, justo cuando empezaban las más crueles purgas de Stalin y el país estaba sumido en el terror. Naturalmente, esa Rusia transformó sus vidas.
 

Cuando los Prokófiev se dieron cuenta del pánico que reinaba en la sociedad rusa, donde la policía secreta detenía a diario a miles de personas que después desaparecían, en su mayoría para siempre, en las mazmorras de las cárceles o eran ejecutadas, intentaron volver a Occidente pero las autoridades soviéticas no se los permitieron.
 

En ese ambiente de frenesí, Prokófiev, a sus casi cincuenta años, dejó a su familia por una joven de las Juventudes Comunistas: las autoridades soviéticas la enviaron para destruir el matrimonio. Acabada la Segunda Guerra Mundial, a Lina la secuestraron en plena calle y la llevaron a la cárcel. Tras un juicio sumarísimo la acusaron de espionaje y la enviaron a un campo de trabajo más allá del Círculo Polar. Lina y Prokófiev no se volvieron a ver nunca más.
 

Tres años después de la muerte de Stalin, ocurrida en 1953 (la casualidad quiso que Prokófiev muriera el mismo día que el dictador), a Lina le permitieron salir del Gulag, después de haber pasado ocho años en distintos campos de trabajos forzados. Y tuvieron que pasar dieciocho años más para que las incesantes peticiones de Lina por poder salir de la URSS dieran resultado.
 
 

En ese ambiente de frenesí, Prokófiev, a sus casi cincuenta años, dejó a su familia por una joven de las Juventudes Comunistas: las autoridades soviéticas la enviaron para destruir el matrimonio

 
 
A los 78 años Lina se estableció en Londres, donde creó la Fundación Prokófiev para el estudio de la obra del compositor, y luego en París donde vivió hasta los 92 de modo independiente y activo.
 

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Svetlana Alilúyeva. La insumisa hija de Stalin

 
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¿Cómo fueron los hijos de los grandes dictadores del siglo XX? Hitler no tuvo ninguno; el hijo de Mao, Anqink, fue un taciturno enfermo mental. Dos hijos varones de Stalin murieron prematuramente: Yakov en la Segunda Guerra Mundial, Vasili víctima del alcoholismo. La única que efectivamente podemos examinar es la hija de Stalin, Svetlana, que murió hace ocho años. Este año hubiera cumplido 93.
 

Era una niña de seis años cuando perdió a su madre. De pequeña creyó la versión oficial según la cual a su madre se la había llevado una enfermedad. Pero a los dieciséis años un día ojeaba revistas extranjeras ¾a las que como miembro de la élite política tenía acceso¾ y descubrió que la esposa de Stalin se había suicidado. La revista presentaba el suicidio de Nadezhda Alilúyeva como un hecho conocido. Svetlana, hasta entonces la niña mimada de su padre, con quien le gustaba jugar a «la dueña y su servidor» ¾la hija daba órdenes y papá debía cumplirlas¾ en ese momento se dio cuenta de algo que había sospechado desde hacía años: que la otra faceta de su padre era la de un dictador despiadado y que el suicidio de su madre estaba relacionado con eso.
 

Svetlana nunca perdonó al jerarca más temido de la URSS. Tampoco le perdonó haber roto cruelmente el idilio de su primer amor. A los dieciséis años, en una fiesta de celebración de la Revolución de Octubre, Svetlana bailó con el célebre cineasta Aleksei Kapler, veinticuatro años mayor que ella. Se creó entre ellos un vínculo. Desde entonces la pareja comenzó a frecuentar teatros y cines, parques y museos, siempre seguidos por un espía del KGB, asignado por Stalin. Un día Aleksei logró cerrar la puerta antes que el espía pudiera entrar en su piso. Eso fue demasiado para Stalin que, enfurecido, condenó al novio de su hija a diez años en el Gulag.
 

Svetlana se dio cuenta de que su padre, que tras el suicidio de su mujer no volvió a casarse, estaba amargado y que la frustración de su vida personal le iba convirtiendo en un dictador cada vez más sangriento que veía enemigos en todas partes. Ni siquiera su hija estaba a salvo de sus ataques de cólera y temía que un día llegaría a enviarla al Gulag como ya lo había hecho con la mayoría de sus parientes. Para huir del Kremlin, y como gesto de rebeldía, Svetlana se casó dos veces seguidas sin estar enamorada, tuvo un hijo de cada matrimonio y en ambos casos se divorció al cabo de poco tiempo.
 

Años más tarde, cuando ya rozaba la cuarentena, Svetlana pidió permiso para poder llevar las cenizas de su tercer compañero sentimental, el traductor indio Brajesh Singh, personalmente a la India. Le permitieron la salida del país con la condición de dejar a sus hijos en Moscú. La India, el primer país extranjero que visitó en su vida, le pareció la personificación de la libertad (y a la civilización india la amó por amable y alegre), pero Indira Gandhi personalmente denegó su petición de asilo político. Entonces Svetlana obtuvo asilo en la embajada estadounidense de Nueva Delhi.
 

Mientras las potencias mundiales, en plena guerra fría, se cargaron de máxima tensión a causa de la fuga de la insumisa hija de Stalin, ésta consiguió visado para Estados Unidos y en abril de 1967 aterrizó en Nueva York. La pista de aterrizaje del aeropuerto J.F. Kennedy estaba abarrotada de centenares de periodistas preparados para relatar ese gran acontecimiento, la llegada de la hija de Stalin, que se había convertido en el símbolo de todos aquellos que dejaban atrás el paraíso comunista para adoptar la democracia y la economía de mercado.
 

Después de haber pasado medio año bajo la dudosa protección de la CIA y tras haber publicado su libro de memorias sobre la vida en el Kremlin, Veinte cartas a un amigo, que se convirtió en el acontecimiento del año y transformó a su autora en millonaria, a finales del 1967 Svetlana consiguió un puesto de profesora en la Universidad de Princeton. Pronto encontró también una casa con jardín a su gusto e hizo varios amigos.
 

Sin embargo tras su fuga y el abandono de sus hijos en Moscú Svetlana no conoció el reposo. Al cabo de un par de años viajó al desierto de Arizona para acudir a la comuna de arquitectos Hermandad Taliesin, cuyas vidas guiaba la autoritaria viuda de Frank Lloyd Wright.
 

Svetlana no tardó en casarse con el arquitecto Wesley Peters, discípulo de Lloyd Wright, cuyas abundantes deudas acabó pagando; así perdió gran parte de su recién adquirida fortuna. Reacia a seguir viviendo en la comuna, al cabo de dos años huyó de Arizona con su pequeña hija Olga (que había nacido de su matrimonio con Peters), para volver a Princeton. Incapaz de echar raíces, huyendo de la sombra de su padre que llevaba dentro, evadiéndose de la pregunta que la perseguía sobre la naturaleza de Stalin, se iba trasladando de un lugar a otro.
 

Svetlana acabó sus peripecias vitales en una residencia de ancianos en Wisconsin. Antes de morir, a los 85 años, intencionadamente dejó de avisar a su hija sobre su estado e instruyó a su médico para que no dejara pasar a Olga a su habitación de hospital si ésta se presentara. Esa fue su última rebelión, su última insumisión. Olga llegó al hospital después de la muerte de Svetlana. Tras la incineración dispersó las cenizas de su madre en el Océano Pacífico.
 
 

La pista de aterrizaje del aeropuerto J.F. Kennedy estaba abarrotada de centenares de periodistas preparados para relatar ese gran acontecimiento, la llegada de la hija de Stalin, que se había convertido en el símbolo de todos aquellos que dejaban atrás el paraíso comunista para adoptar la democracia y la economía de mercado.

 
 
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