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Ni placer ni reproducción

Del abandono del clítoris (y otros abandonos).

Virginia Gutiérrez
Fotografía portada: María José Pedraza. Santiago, Chile. Á - N.2

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Muy recientes estudios científicos han sacado al clítoris de la bruma de indiferencia que impedía su visibilización y entendimiento. Aparentemente sin otra función que la del placer, no tuvo tradicionalmente para la ciencia la relevancia del pene. Según la autora de este texto, este fenómeno cultural proyecta prácticas sociales profundamente enraizadas en nuestra propia representación del cuerpo humano.

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IN 1969, WE PUT A MAN ON THE MOON.
IN 1982, WE INVENTED THE INTERNET.
IN 1998, WE DISCOVERED THE FULL ANATOMY OF THE CLITORIS.
(De Cliteracy, de Sophia Wallace)

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Como todo el mundo sabe, es llegar y dibujar un pico en la muralla o en el baño. Erecto, con el glande claramente expuesto, con testículos y, a veces, pelos donde deben estar y chorreando semen. No conozco las razones sicológicas o sociológicas que llevan a alguien a dibujar picos (dicho sea de paso, su única falta grave de exactitud es que no suelen ser a escala: yerran por el lado del tamaño generoso), pero sí dice algo de nuestra cultura: sabemos cómo es un pene, podemos dibujarlo y reconocerlo, y eso sin ninguna formación académica.
 

El pene es cultura general.
 

En cambio, no es llegar y dibujar el clítoris y el resto del aparato genital femenino. No es llegar y hablar de ellos, tampoco: una conversación sobre los genitales femeninos está llena de interrogantes sobre cómo facilitar el orgasmo, si puede producirse por penetración o sólo se da por estimulación externa del clítoris, si existe el punto G y dónde. Un dibujo de los genitales femeninos, ya sea por parte de los mismos seres humanos que no tienen problema en decorar las murallas con penes o por otros, tendría más signos de interrogación que otra cosa.
 

El clítoris —y lo que lo acompaña— son, todavía, un espacio misterioso.
 

No estoy diciendo con eso que la persona que dibuja el pene y no sabe bien dónde está el clítoris sea ignorante. Si lo es, no lo es más que la ciencia hasta una época muy reciente: hasta el siglo pasado, y no precisamente en sus inicios, sino el año 1998, cuando la uróloga Helen O’Connell publicó un estudio que cambió parte del mundo: la parte del mundo a la que este tema le importa.
 

Para empezar, eso sí, debería hacer un captatio benevolentiae, ese recurso retórico que (generalmente a través de la falsa modestia), permitía a los oradores obtener la buena disposición de sus receptores. La diferencia es que los oradores en general sabían de lo que hablaban, y su humildad y afirmaciones de insuficiencia no pasaban de ser un recurso de estilo. No es mi caso. No soy científica ni me especializo en análisis de la historia de la ciencia, así que mi acercamiento al tema es más desde la cultura popular y la ciencia de divulgación que desde un lado más cercano.
 

Quizás —observación tardía— el hecho de que, teniendo clítoris, no me sienta con derecho a hablar de él ya dice mucho de las dificultades del tema. Quizá el estar tan cercana al clítoris, que tenga uno y que, sin embargo, en pleno siglo XXI y a los 40 años, desconozca en gran parte lo relacionado con él (me rasco la cabeza mirando algunas ilustraciones y resonancias magnéticas que casi no sé si están patas arribas o no), es sintomático de un silencio y una ignorancia que comparto con una parte de la población más grande de lo que imagino.
 
 

Quizás —observación tardía— el hecho de que, teniendo clítoris, no me sienta con derecho a hablar de él ya dice mucho de las dificultades del tema. Quizá el estar tan cercana al clítoris, que tenga uno y que, sin embargo, en pleno siglo XXI y a los 40 años, desconozca en gran parte lo relacionado con él (me rasco la cabeza mirando algunas ilustraciones y resonancias magnéticas que casi no sé si están patas arribas o no), es sintomático de un silencio y una ignorancia que comparto con una parte de la población más grande de lo que imagino.

 
 

Quizá soy de esos que pueden dibujar un pico con los ojos cerrados, pero no encuentran el clítoris. Quizá no es mi culpa.
 

Lo mejor que puedo afirmar de mí es que no estoy sola en esta desorientación. Se puede decir con certeza que se sabía de la existencia del clítoris con precisión al menos desde el siglo XVI: de antes también, pero la ausencia de una taxonomía consistente para designarlo y la confusión entre quienes declaraban ser los primeros en descubrirlo, sumado al hecho de que relevantes anatomistas (Galeno, Vesalius) negaban su existencia, complicaron las cosas. En el siglo XVI, dos anatomistas, Colombo y Fallopio (el de las trompas) reclamaron por separado su descubrimiento. Y ya por el siglo XIX, Georg Kobelt lo ilustró con claridad y belleza, según O’Connell misma, que considera que su propio trabajo de disección y de resonancias magnéticas han comprobado, además de mejorar, esas ilustraciones.
 

O’Connell hizo también el trabajo de establecer las terminaciones nerviosas y la continuidad, partes y tamaño del clítoris que Kobelt no llevó a cabo.
 

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Ni botón ni pequeño

 

La historia del clítoris es una de vaivén entre silenciamiento y exposición —paradójicamente, en algunos casos, al mismo tiempo-. En la primera mitad del siglo XX, la Anatomía de Gray —uno de los libros de anatomía por excelencia, usados para la formación de médicos— simplemente excluyó el clítoris (a pesar de haberlo incluido antes: este cambio, del que se ignoran las razones, fue obra de un solo médico, el doctor Charles Goss). La edición de 1985 de Anatomía de Last (que O’Connell se vio obligada a usar al rendir su examen para calificar como cirujano) le restó importancia al clítoris (pasándolo por alto casi sin mención alguna) y no incluyó imágenes de él —mientras que le dedicó dos páginas al pene¾. De hecho, fue la Anatomía de Last uno de los elementos que motivó la investigación de O’Connell. Es que la Anatomía de Last, además de lo mencionado antes, definía algunos elementos de los genitales femeninos como un «fracaso» de la formación genital masculina. Recordemos: esto no en la época victoriana, sino en 1985.
 

Motivada en gran parte por ese libro —motivada por la ausencia existente en él— Helen O’Connell estudió cadáveres femeninos y llegó a la conclusión de que la estructura del clítoris no se limitaba a ser, como se asumía anteriormente, un pequeño «botón», ni (como lo define la RAE en pleno 2019), un «órgano pequeño, carnoso y eréctil, que sobresale en la parte anterior de la vulva». Melissa Fyfe explica que, según el estudio de 1998 de O’Connell y su equipo (confirmado más tarde, en 2005, por resonancias electromagnéticas), lo que sobresale es el glande (que sí es pequeño y que es lo que estamos acostumbrados a llamar clítoris), pero el clítoris mismo continúa bajo el hueso púbico, curvándose (esa parte tiene unos cuatro centímetros) y luego, se separa en dos «piernas» de nueve centímetros, y en bulbos de unos siete centímetros. Todas estas partes están hechas de tejido esponjoso y tienen erecciones, igual que el pene. Que el clítoris tiene erecciones lo sabíamos. Pero no sabíamos que dista de ser pequeño, ni que tiene un complejo sistema de terminaciones nerviosas que son el doble que las del pene, ni ¾establece O’Connell— que la preocupación y el conocimiento médicos de mantener esas terminaciones nerviosas cuando se hace cirugía como la histerectomía está a años luz del cuidado que se tiene en respetar las del pene.
 
 

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«La Anatomía de Last definía algunos elementos de los genitales femeninos como un “fracaso” de la formación genital masculina. Recordemos: esto no en la época victoriana, sino en 1985»

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Este descubrimiento —que el clítoris era más poderoso de lo que se pensaba anteriormente—consiguió, efectivamente, en palabras de Melissa Fyfe, «reescribir la ciencia moderna al respecto». Y como consecuencia, reescribió también el arte: la artista Sophia Wallace creó el proyecto Cliteracy (un juego entre «clítoris» y «literacy», alfabetización en inglés) que enuncia —pone en perspectiva— el absurdo de este abandono y trata de repararlo dando información sobre el tema en forma de breves comentarios sobre sexualidad en general, placer, el silenciamiento del placer femenino por parte de una ciencia patriarcal y misógina, y refiere también la investigación de O’Connell. Además, ha hecho lo que se considera la primera representación escultórica anatómicamente correcta del clítoris:
 

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La pregunta es, por supuesto, por qué esta demora: por qué la borradura y la ausencia del clítoris en los libros y en la investigación médica, sobre todo considerando el prometedor Informe Kinsey, que —a pesar de sus múltiples problemas— al menos mostró un interés en el placer tanto de mujeres como de hombres en los años 50. Por qué, si ya la ilustración de Kobelt iba en la dirección correcta respecto al placer femenino. Para la PhD Alicia Bonaparte, profesora de Sociología en Pitzer College, estas borraduras ocurren sobre todo por «preocupación por higiene social y moral… Hay miedo al clítoris porque es verdaderamente un centro de placer».  El PhD Mark Blechner lo atribuye al género de los anatomistas: «Es difícil imaginar que si una mujer hubiera estado a cargo de los libros de anatomía, habría dejado fuera el clítoris». Cita también el mito de Tiresias y su declaración de que las mujeres sienten más placer que los hombres (Tiresias sabría mejor que nadie, ya que, según el mito, habría sido hombre un tiempo y mujer otro). Así, afirma Blechner, la envidia de la capacidad de placer de las mujeres estaría detrás de la borradura oficial de ese mismo placer: sacar el clítoris de los libros o definirlo en términos falocéntricos.
 

Desde esa perspectiva, el clítoris es amenazador para el patriarcado, que desconfía de él por constituir fuente de placer. Esto último —el placer— no se discute: es un órgano que, por todo lo que se sabe hasta el momento, es exclusivamente para ello (a diferencia del pene, que tiene otras funciones también). Es un órgano que no cumple un rol «productivo», por decirlo de alguna forma: no es reproductor, no es urinario, no cumple una función imprescindible dentro del cuerpo físico ni del cuerpo social —y por eso, tampoco es esencial cuando se trata de investigarlo, de saber más sobre él, de ver cómo funciona-. Desde esa perspectiva, a diferencia del pene, el clítoris es biológicamente inútil.
 
 

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«El clítoris es un órgano que, por todo lo que se sabe hasta el momento, es exclusivamente para el placer (a diferencia del pene, que tiene otras funciones también). Es un órgano que no cumple un rol “productivo”, por decirlo de alguna forma: no es reproductor, no es urinario, no cumple una función imprescindible dentro del cuerpo físico ni del cuerpo social. Desde esa perspectiva, a diferencia del pene, el clítoris es biológicamente inútil»

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Esa es quizá la otra razón de la borradura del clítoris, de su abandono. No es solo que sea un órgano femenino exclusivamente dedicado al placer y que, como tal, haya generado desconfianza, temor y/o indiferencia en investigadores masculinos (lo que, de todas formas, probablemente es cierto y no sería nada nuevo en la historia de la sexualidad). También ocurre que es, como el placer mismo, inútil en una sociedad de producción, donde se prioriza lo que es comprobablemente relevante para el funcionamiento del mundo, para la mantención del status quo y para comercializarse. El placer no asociado con la (re)producción o con la mercantilización no cuenta en un mundo así. El orgasmo masculino es necesario para construir y mantener la civilización; el femenino, no.
 

Vivimos en una sociedad utilitaria que se mete hasta en esas intimidades, masculina y femenina.
 

La medicina mantiene el patrón utilitario que permea casi todas las actividades sociales. El placer femenino, al no ser reproductivo, no es esencial. En general, los fenómenos de salud relacionados con la calidad de vida (malestares dermatológicos no graves, enfermedades que no son de vida o muerte, por ejemplo), se investigan menos. La actitud de la investigación del cuerpo, de la salud, tiene que ver con tratar enfermedades, no con el bienestar —no con el bien vivir¾. No con la salud misma, en última instancia. El abandono del clítoris por parte de la ciencia es un síntoma: tiene que ver con el menosprecio de la sexualidad femenina, pero también con la indiferencia frente a la felicidad: con la salud concebida, pobremente, como ausencia de problemas serios.
 

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Masturbación masculina: fuente de humor

 

El abandono del clítoris como objeto de investigación perjudica a los hombres, también. Virginie Despentes escribe en Teoría King Kong que para los hombres —sorpresa— el patriarcado tampoco es fácil y enumera algunas de esas dificultades: «Estar angustiado por el tamaño de la polla. Saber hacer gozar sexualmente a una mujer sin que ella pueda o quiera indicarle cómo. (…) No tener ninguna cultura sexual para mejorar sus orgasmos».[1] Cuando leí esto por primera vez, me quedé pensando. Claro. Lo que yo he visto en esas revistas (viejas, cierto) en el peluquero o en la sala de espera del médico hablan mucho de la manera en que las mujeres pueden mejorar sus orgasmos (bueno, las personas con clítoris). No he visto, en cambio, el equivalente masculino. Dándole la razón a Despentes, buscar en Google «how to improve orgasms» me llevó a nueve páginas para orgasmo femenino (de relativa fiabilidad: hay recomendaciones sobre hacer mucho ejercicio y, mi favorita, tomar leche con azafrán) y solo una para el masculino. O sea, las mujeres deberían tener mejores orgasmos (y si no lo hacen, es su culpa por no poner en práctica todos esos consejos) y los hombres no necesitan mejorarlos. Acá todos pierden.
 

En ese sentido, vivimos en un relativo abandono de los órganos que nos producen placer. La falta de estudios sobre el clítoris nos avisa de un sesgo ideológico, que existe en múltiples ámbitos de los estudios sobre sexualidad femenina. Pero el sesgo contra un género rara vez afecta solo a ese género. Mantener la ignorancia sobre el clítoris equivale a mantener la ignorancia sobre cómo interactuar con él, y eso afecta también a los hombres que viven con la presión de sentir que deben darles placer a las mujeres sin tener idea de cómo —y que no saben, quizá, que su placer también puede ser mejor¾.
 

Pero el sesgo contra un género rara vez afecta solo a ese género. Mantener la ignorancia sobre el clítoris equivale a mantener la ignorancia sobre cómo interactuar con él, y eso afecta también a los hombres que viven con la presión de sentir que deben darles placer a las mujeres sin tener idea de cómo
 

Vuelvo, entonces, al estudio de O’Donnell y a la obra de Wallace. En 1998 y 2012 respectivamente, en el ámbito de la ciencia y en el del arte, nos han provisto con información sobre el clítoris que no estaba disponible con anterioridad. Tenemos la ciencia; tenemos la representación artística. Pero ambas califican de alta cultura: nada de eso será relevante para el día a día de las mujeres y los hombres si no se incorpora, de alguna manera, a la cultura general—la que hace que seamos capaces de dibujar un pene y no un clítoris¾. ¿Cómo hacer que eso ocurra?
 

Pienso en nuestra sociedad utilitaria. Si se puede llegar a vender algo relacionado, podemos contar con que lo que sabemos ahora del clítoris será de conocimiento público. Pienso en el reflejo que tenemos de nuestros sueños, representados sobre todo en Hollywood, donde la masturbación masculina es fuente frecuente de humor (cuando algo pasa a ser fuente de chistes, significa que está tan reconocido como referente que puede ser parodiado). La masturbación femenina, por su parte, es poco frecuente en el cine y en series (fuera de la pornografía, donde se presenta ya como algo previo a una penetración épica, ya como fetiche poco realista en términos de la importancia del clítoris). Pienso en que no se trata tan solo de que el placer femenino por sí mismo amenaza, sino de que no vende a menos que se lo combine con otros placeres —y que deje, efectivamente, de existir en sí mismo y por sí mismo¾.
 

Pienso, entonces, que la solución no es ideal —implica convertir el clítoris tal como es en un bien de intercambio: reemplazar un clítoris que apenas conocemos por uno como soñamos que debería ser- . Además de no ser ideal por utilitaria, es una idea que nos llevaría de vuelta a donde estamos ahora. Como señalé más arriba, es una idea que se da en la pornografía, sin que eso haya significado un cambio de paradigma: ahí la mercantilización capitaliza el orgasmo femenino de una manera tan irreal que no ayuda en este sentido (quizá ayuda en otros, pero ese es otro tema). Y pienso, finalmente, en un tema que no he tocado: ¿qué pasa con la gente trans? ¿Qué pasa con los hombres trans que tienen clítoris, con las mujeres trans que también? ¿Dónde están las obras de arte que valoren su capacidad de sentir placer? ¿Dónde hay una mejor formación para sus médicos tratantes, mayor investigación sobre los efectos de hormonas y cirugías, sobre la anatomía que tienen y la que quieren tener? ¿Cuál es su espacio? ¿Cómo abrir un espacio para las minorías, cuando la mitad de las personas de este planeta tuvieron que esperar hasta 1998 para tener acceso al conocimiento sobre su órgano de placer?
 
 

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«Quizá el estar tan cercana al clítoris, que tenga uno y que, sin embargo, en pleno siglo XXI y a los 40 años, desconozca en gran parte lo relacionado con él (me rasco la cabeza mirando algunas ilustraciones y resonancias magnéticas que casi no sé si están patas arribas o no), es sintomático de un silencio y una ignorancia que comparto con una parte de la población más grande de lo que imagino»

 
 
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[1] Despentes, V. (2018). Teoría King Kong. Literatura Random House.