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El pueblo contra la ciencia

Un conflicto discursivo

Cristóbal Bellolio
PhD Filosofía política, University College London. Santiago, Chile Á - N.3

Sea de derecha o de izquierda, el populismo crea invariablemente una mitología del hombre común, al que se le adjudican valores morales superiores y un sentido de la realidad que se invoca al momento de justificar políticas, decisiones o lineamientos generales. Este texto indaga en el problema fronterizo entre el populismo, la tecnocracia y el consenso científico, notorio en las sociedades de la actualidad.
 

Diversos estudios han reportado una correlación entre movimientos populistas -dentro o fuera de los gobiernos- y un discurso que niega la realidad del cambio climático. Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, el UKIP en Reino Unido y el AfD en Alemania son botones de muestra. En otros casos se ha observado una relación entre populismo y escepticismo científico en torno a la seguridad de las vacunas -como en la Italia de Matteo Salvini- y la teoría de la evolución -como en la Turquía de Erdogan-. Aunque prácticamente todos estos ejemplos corresponden a populismos de derecha, en el caso de los populismos de izquierda el discurso anticientífico se ha manifestado respecto a la tecnología transgénica. La pregunta relevante, desde la filosofía política, es si acaso esta correlación entre populismo y negacionismo del consenso científico es meramente contingente y/o instrumental, o bien existe algo así como una «alianza natural» entre ambos fenómenos. [1]
 

Comencemos con algunas clarificaciones conceptuales. Por populismo entiendo, como lo ha definido la literatura dominante, una estructura discursiva moralizante que divide el espectro político entre un pueblo virtuoso y una elite corrupta.[2] De acuerdo con esta definición, son populistas aquellos actores políticos que se atribuyen la voz del primero contra la segunda. Por negacionismo científico, en general, me refiero a al rechazo sistemático del consenso establecido en la comunidad científica relevante, cualquiera sea el argumento invocado. No todo negacionismo científico tiene una raíz populista. Algunos rechazan el consenso científico porque daña sus intereses económicos o electorales. Así lo hicieron los políticos influenciados por la industria tabacalera en los años noventa. Si bien el negacionismo climático de Donald Trump, como veremos, se explica a partir de argumentos populistas, también se entiende a partir de sus necesidades electorales en zonas económicamente deprimidas por el cierre de fuentes laborales contaminantes. En paralelo, se ha observado una tendencia a negar el consenso científico en círculos libertarios, en la medida en que se interpreta dicho consenso como la imposición de una verdad oficial que debe ser resistida. Aquí, sin embargo, sólo examinaré aquel discurso político que niega los hechos establecidos por la ciencia en base a objeciones de corte populista. Estas son, a grandes rasgos, la objeción moral, la objeción democrática y la objeción epistémica.
 
 

«Por populismo entiendo una estructura discursiva moralizante que divide el espectro político entre un pueblo virtuoso y una elite corrupta. Por negacionismo científico, en general, me refiero a al rechazo sistemático del consenso establecido en la comunidad científica relevante, cualquiera sea el argumento invocado».

 
 
La objeción moral
 
 

La estructura discursiva populista, sostiene la literatura dominante, no basta por sí misma para articular un programa político. Es una ideología parcial, fragmentaria o «delgada», que se combina con otros enfoques ideológicos tradicionales para adquirir su forma definitiva y aspirar al poder. Por lo mismo hay populismos de derecha y de izquierda, como lo atestigua la historia reciente de Latinoamérica. La primera ola de populismos en la región -identificada con las figuras de Juan Domingo Perón y Getulio Vargas- promovió la industrialización por sustitución de importaciones y construyó un relato antiimperialista. La segunda ola, asociada a las figuras de Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil y Fujimori en Perú, fue etiquetada como neoliberal, en tanto promovió privatizaciones y apertura comercial. La tercera ola volvió a girar hacia la izquierda bajo la égida de Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y los Kirchner en Argentina. Como no era estrictamente un bloque marxista, la prensa internacional le llamó «marea rosa».
 

Un buen proxy para descifrar las coordenadas ideológicas del populismo es la elite vilificada. Los populismos de derecha suelen atacar a las elites liberales enquistadas en la prensa, la política de pasillos y los organismos internacionales -tal como lo hacen Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Nigel Farage en Inglaterra, y José Antonio Kast en Chile-. Los populismos de izquierda, en cambio, las emprenden contra las grandes empresas y las instituciones financieras globales -como lo ha hecho Podemos en España y Syriza en Grecia-. Más allá de estas categorías, es cada vez más común que la elite vilificada corresponda a los intelectuales y a los expertos en general. Es decir, aquellos que creen saber más que el resto por sus estudios y pergaminos académicos. En este bolsón también caben los científicos, que a veces son presentados como una casta sobreeducada y arrogante que habita en universidades y laboratorios distantes de las experiencias del ciudadano común.[3]
 
 

«Un buen proxy para descifrar las coordenadas ideológicas del populismo es la elite vilificada. Los populismos de derecha suelen atacar a las elites liberales enquistadas en la prensa, la política de pasillos y los organismos internacionales. Los populismos de izquierda, en cambio, las emprenden contra las grandes empresas y las instituciones financieras globales».

 
 
La objeción moral del populismo, entonces, no se dirige directamente contra una determinada teoría científica sino contra los científicos como integrantes de la elite corrupta. En jerga futbolística, esta objeción no va a la pelota sino al jugador. Con el jugador en el suelo reputacional, sus teorías pierden fuerza. En este sentido, los populistas no rechazan la ciencia convencional como método, sino que acusan a los científicos de estar haciendo mala ciencia por intereses que no han sido transparentados. Los científicos climáticos, por ejemplo, son acusados de participar en una conspiración digitada por intereses foráneos para reducir la competitividad de las economías nacionales. El cambio climático es paradigmáticamente funcional a la mentalidad conspirativa del populismo: por un lado, sus efectos son difíciles de apreciar en el diario vivir, lo que abre espacio a las sospechas del ciudadano a pie; por el otro, es el desafío cosmopolita por excelencia, en tanto requiere sustraer decisiones de la soberanía nacional para someterlas a consideraciones globales. Pero la mentalidad conspirativa también opera en el caso de los antivacunas que sospechan del juego sucio de las farmacéuticas, o de los movimientos antitransgénicos que confunden el interés económico de las multinacionales agroquímicas con la seguridad de la biotecnología para la salud humana. En algunos países musulmanes, por su parte, la teoría de Darwin no se cuestiona por su fragilidad científica sino por representar una importación occidental.[4]
 

La debilidad de esta objeción moral es su selectividad y, por ende, su inconsistencia. Apunta sólo a los científicos que respaldan teorías que representan problema político para los movimientos y líderes populistas. Por lo mismo, en estos casos, el populismo responde ensalzando las virtudes de los científicos disidentes. En relación al vasto mar de teorías científicas que no importunan su agenda, el populismo no tiene mucho que decir. En otras palabras, es una objeción oportunista: todo está bien con la ciencia en la medida que no se cruce en su camino. Si lo hace, la estrategia del populismo es deslegitimar a los científicos del consenso como si formaran parte de una conspiración contra los genuinos intereses del pueblo.
 

 

La objeción democrática
 
 

Los especialistas sugieren que la némesis del populismo es la tecnocracia. Mientras los líderes populistas aspiran a gobernar según la voluntad del pueblo, los tecnócratas buscan gobernar de acuerdo con criterios técnicos y objetivos que son indiferentes a la voluntad popular. Sin embargo, populismo y tecnocracia en algo se parecen: ambos quieren ahorrarse el proceso de mediación y deliberación que ofrecen los partidos y las instituciones formales de representación.[5] Aun así, la mayoría de los movimientos populistas contemporáneos han insistido en la necesidad de arrebatar a los técnicos y expertos el control de las decisiones políticas. En ese sentido, la cruzada populista podría interpretarse como un llamado a la repolitización de ciertos debates que estaban sustraídos de la evaluación popular. Esto se ha traducido, principalmente, en una crítica a aquellos entes no electos que influyen o determinan el curso de las políticas públicas.[6]
 
 

La objeción democrática, entonces, se basa en la premisa de que nuestras sociedades son gobernadas por tecnocracias que usurpan el poder soberano del pueblo. Las tecnocracias apelan a un saber científico que no admite argumento en contrario. Los hechos establecidos por la ciencia, observaba con su habitual claridad Hannah Arendt, son despóticos y dominantes, en la medida que son lo que son sin importar el desacuerdo de la gente.[7] Pero la posibilidad de admitir argumento en contrario es la esencia de la política, insistía Arendt. Desde esta perspectiva, ciencia y democracia representan ideas en tensión. La ciencia no es democrática. Si el populismo es la exacerbación del ánimo democrático, no es sorpresivo que tenga un problema con la ciencia.[8]
 

Hay una dimensión muy atendible en la objeción democrática. Si bien podemos reconocer la autoridad epistémica de los técnicos y expertos, incluidos los científicos, dicha autoridad no es política. Parafraseando a David Estlund, los expertos pueden saber mucho pero nadie los nombró jefes.[9] La última palabra en democracia la tiene el pueblo a través de sus herramientas de participación y autogobierno. Sin embargo, la objeción democrática erra el blanco cuando da por sentado que la ciencia tiene aspiraciones tecnocráticas. El populismo tiene un caso plausible contra lo que se ha llamado el «modelo linear», que consiste en que la evaluación técnica que expertos o científicos realizan respecto de una determinada materia se convierte automáticamente en la decisión política que se tome sobre esa materia.[10] Pero, en principio, la ciencia no es normativa. Cumple su rol en el proceso político proveyendo insumos de calidad -describiendo la realidad fáctica de la manera más precisa posible- para que los actores democráticamente legitimados decidan qué curso de acción tomar. Esa decisión se toma incluyendo los insumos de la ciencia pero no exclusivamente a partir de los insumos de la ciencia. En el proceso político compiten otras tantas consideraciones que hay que tomar en cuenta. Por ejemplo, la ciencia puede ser inequívoca respecto de la urgencia de cerrar centrales termoeléctricas para mitigar los efectos del cambio climático, pero esto no determina mecánicamente la decisión política al respecto, la que también tomará en consideración otros aspectos como el efecto en el empleo y en la vida social de la comunidad circundante.
 
 

«Populismo y tecnocracia en algo se parecen: ambos quieren ahorrarse el proceso de mediación y deliberación que ofrecen los partidos y las instituciones formales de representación».

 
 
En este sentido, vale tenerlo presente, ni siquiera el ideal liberal de razón pública es vulnerable a esta objeción populista. Si bien el liberalismo político de corte rawlsiano incluye los métodos y conclusiones de la ciencia dentro del selecto grupo de razones que los actores políticos pueden ofrecer en la deliberación pública, esta inclusión constituye una condición de admisibilidad a dicha deliberación y no significa que la ciencia tenga la última palabra. Si bien para el liberalismo político sólo se puede justificar una norma coercitiva a través de razones públicas, a la hora de adjudicar o decidir sobre una determinada controversia pueden concurrir varias razones públicas. La ciencia es sólo una de ellas. El liberalismo, desde este punto de vista, tampoco puede ser acusado de tecnocrático ni cientificista.[11]
 

La objeción democrática del populismo, en conclusión, vale contra la tecnocracia. Pero no vale contra el consenso científico propiamente tal, pues presume erróneamente que se trata de un proyecto normativo. Es decir, descansa sobre una visión distorsionada de la ciencia.
 

 

La objeción epistémica
 

Esta es, a mi juicio, la más interesante de las tres objeciones que plantea el populismo al consenso científico. A diferencia de la objeción moral, no se articula contra los científicos sino contra el método propiamente tal. A diferencia de la objeción democrática, no se construye como una crítica al privilegiado estatus de la ciencia en la toma de decisiones sino que busca aprovechar ese estatus a través de una epistemología alternativa. En corto, la objeción epistémica sostiene que el sentido común de la gente ordinaria es un mecanismo cognitivo más confiable que el razonamiento científico a la hora de ofrecer soluciones a los problemas públicos. La ciencia no sólo complica innecesariamente las cosas -que según los populistas son mucho más sencillas de lo que piensan los expertos- sino que dicha complejidad termina produciendo una distorsión en la tarea de describir correctamente la realidad factual. El conocimiento plebeyo no sólo es más inclusivo que el conocimiento patricio, sino que además es superior como estándar de suficiencia epistémica para justificar decisiones políticas.
 

Por lo anterior, los líderes y movimientos populistas no se amilanan ante su escasa comprensión del consenso científico. Por el contrario, como se ha sugerido, esa característica se presenta como una virtud, en tanto representa una afirmación de autonomía epistémica. Frente a la arrogancia de los expertos, los populistas responden con la «arrogancia de la ignorancia».[12] Ni los estudios académicos ni los artículos especializados valen contra lo que la gente de verdad piensa al respecto.
 

En este punto, sirve recordar los tradicionales tweets de Donald Trump cada invierno. En diciembre de 2017 escribió:

 

«En el Este, podría ser la víspera de Año Nuevo más FRÍA registrada. Tal vez podríamos usar un poco de ese buen calentamiento global que nuestro país, pero no otros países, iba a pagar TRILLONES DE DÓLARES para protegerse. ¡A abrigarse!»
 

Luego, en enero de 2019:
 

«En el hermoso Medio Oeste, las temperaturas heladas alcanzan menos 60 grados, la más fría jamás registrada. En los próximos días, se espera que se enfríe aún más. La gente no puede durar afuera ni siquiera minutos. ¿Qué demonios está pasando con el calentamiento global? ¡Vuelve rápido, te necesitamos!»
 

Si bien en el primer tweet se asoma la objeción moral -la idea de que los científicos que atestiguan el cambio climático quieren perjudicar a EEUU-, en ambos se percibe claramente la objeción epistémica. La utilización del anticuado concepto de «calentamiento global» en lugar de «cambio climático» le permite al presidente estadounidense transmitir la idea de que los científicos sencillamente están errando su diagnóstico: la Tierra no puede estar calentándose si estamos a punto de enfrentar el invierno más frío; el sentido común de la gente ordinaria -que padece las bajas temperaturas en carne propia- percibe con mucho más claridad la situación que los científicos en sus laboratorios. De esta manera, Trump se aprovecha de uno de los puntos débiles de la ciencia moderna: muchos de sus descubrimientos son contraintuitivos.
 

Antes de Darwin, por ejemplo, prevalecía el argumento del relojero de William Paley: si encontramos un reloj abandonado en una playa desierta, ninguna persona razonable pensará que se ensambló por arte de magia. Por el contrario, el sentido común sugiere que fue cuidadosamente diseñado y luego montado pieza por pieza por una inteligencia capaz de seguir un diseño predeterminado. El universo es como el reloj, observó Paley, y en consecuencia necesita un diseñador. Darwin llegó a la conclusión inversa. Parafraseando a Richard Dawkins, descubrió que el relojero es ciego, pues no sabe lo que está haciendo. El resultado de su trabajo no obedece a ningún plan predeterminado.[13] Este «golpe de gracia a la teleología» -como lo denominaron Marx y Engels[14] – fue difícil de digerir no sólo por motivos religiosos, sino porque constituyó una profundamente contraintuitiva «inversión del razonamiento». Como ironizó uno de sus críticos, resulta que ahora, para hacer una máquina hermosa y perfecta, no es necesario saber cómo hacerla.[15] Si de sentido común se tratase, la teoría del diseño inteligente es más persuasiva que la teoría de la evolución de Darwin. Para qué hablar de la mecánica cuántica, que desafía la simpleza y aparente claridad de nuestras percepciones.
 

En este marco, el populismo irrumpe con un llamado a revalorizar el conocimiento de la gente común por sobre el conocimiento de los expertos. En caso de tensión o colisión entre ambos tipos de conocimiento, el diseño de las políticas públicas y la elaboración de las leyes deben guiarse por el sentido común.[16] Esa fue precisamente la narrativa que los líderes del Brexit pusieron en marcha. Consultado por el dato de que prácticamente todos los think tanks advertían sobre las perniciosas consecuencias económicas que traería una escisión de la Unión Europea, el conservador Michael Gove señaló que «Gran Bretaña se ha cansado de los expertos».[17] En esa misma línea, el líder del UKIP Nigel Farage concluyó que el resultado del Brexit era un triunfo para la gente común y ordinaria. Con un argumento similar, el primer ministro húngaro Viktor Orbán se ha negado a participar en debates programáticos en las últimas dos elecciones. En su visión, las políticas correctas son aquellas que dicta el sentido común. «Lo que se tiene que hacer es obvio», ha dicho, «y por ende no se necesita ningún debate para evaluar la evidencia empírica».[18] De esta manera, se advierte un contraste entre la radicalidad de la acción política que proponen los populistas, por un lado, y la criticalidad de la reflexión intelectual y científica, por el otro. La primera es rápida, simple y emocional. La segunda toma tiempo, es compleja y apela a la racionalidad. Electoralmente hablando, la primera tiene ventaja.
 
 

«La objeción epistémica sostiene que el sentido común de la gente ordinaria es un mecanismo cognitivo más confiable que el razonamiento científico a la hora de ofrecer soluciones a los problemas públicos. La ciencia no sólo complica innecesariamente las cosas -que según los populistas son mucho más sencillas de lo que piensan los expertos- sino que dicha complejidad termina produciendo una distorsión en la tarea de describir correctamente la realidad factual».

 
 
Las intuiciones que subyacen a la objeción epistémica del populismo respecto de la ciencia fueron anticipadas por Rousseau en su Discours sur les sciences et les arts (1750). Del mismo modo que la civilización estropea a una humanidad que tiende naturalmente al bien, reflexionaba Rousseau, los individuos tienen un buen sentido innato que se corrompe a través de procesos educativos complejos. En esta visión, no hay aprendizaje superior al que se obtiene mediante una apreciación cándida y directa de la realidad, sin recurrir a los métodos y categorías de la ciencia. El razonamiento científico oscurece la comprensión genuina de los fenómenos, para la cual basta la introspección y el sentido común.[19] Algunos han dibujado un paralelo entre las teorías de Rousseau y la retórica de Trump. Mientras Isaiah Berlin calificó a Rousseau como el «más grande militante plebeyo de la historia», [20] Trump ha reiterado que «ama a la gente poco educada».[21] Según esta comparación, ambos creen que la verdadera sabiduría le pertenece a la gente común, y por ende cualquier intento de sofisticar la inteligencia del pueblo a través de la ciencia

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Para una descripción de esta correlación empírica entre populismo y negacionismo científico ver Brown, M. (2014). «Climate Science, Populism, and the Democracy of Rejection». En: Crow & Boykoff (eds.) Culture, Politics and Climate Change: How Information Shapes Our Common Future; Norton, A. (2016). «Climate denial and the populist right». International Institute for Environment and Development; Meyer-Ohlendorf, N., & B. Görlach (2016). «The EU in Turbulence: What are the Implications for EU Climate and Energy Policy?». The Ecologic Institute; Machin, A., A. Ruser and N.V. Andrian (2017). «The Climate of Post-Truth Populism: Science vs. the People». Public Seminar; Lockwood, M. (2018). «Right-wing populism and the climate change agenda: exploring the linkages». Environmental Politics, 27.4; Waisbord, S. (2018). «The elective affinity between post-truth communication and populist politics». Communication Research and Practice, 4.1.;
 

[2] Ver Müller, J. W. (2016). What Is Populism? University of Pennsylvania Press; Mudde, C., & C. Rovira (2017). Populism: A very short introduction. Oxford University Press.
 

[3] Ver Hofstadter, R. (1963). Anti-intellectualism in American Life. Vintage; Taggart, P. (2000). Populism (Concepts in the Social Sciences). Open University Press.
 

[4] Sobre la mentalidad conspirativa del populismo y su relación con el negacionismo científico ver Taggart, P. (2000). Populism (Concepts in the Social Sciences). Open University Pres; Lockwood, M. (2018). «Right-wing populism and the climate change agenda: exploring the linkages». Environmental Politics, 27.4; Diethelm, P., & McKee, M. (2009). «Denialism: what is it and how should scientists respond?». The European Journal of Public Health, 19.1; Müller, J. W. (2016). What Is Populism? University of Pennsylvania Press; Gorman, S. E., & Gorman, J. M. (2016). Denying to the grave: Why we ignore the facts that will save us. Oxford University Press.
 

[5] Sobre la relación entre populismo y tecnocracia, ver Freeland, C. (2010). «Forget left and right. The real divide is technocrats versus populists». Reuters, 5 de Noviembre; Caramani, D. (2017). «Will vs. Reason: The Populist and Technocratic Forms of Political Representation and Their Critique to Party Government». American Political Science Review, 111.1; Bickerton, C., & Invernizzi, C. (2018). «Populism and Technocracy». En: Rovira, Taggart, Ochoa & Ostiguy (eds.) The Oxford Handbook of Populism.
 

[6] Sobre el populismo como reacción al déficit democrático de las democracias liberales ver Brown, M. (2009). Science in democracy: Expertise, institutions, and representation. MIT Press.; Mudde, C. (2015). «The problem with populism». The Guardian, 17 de Febrero; Mounk, Y. (2018). The People Vs. Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It. Harvard University Press.
 

[7] Ver Arendt, H. (2006) [1968]. Between Past and Future. Penguin Classics.
 

[8] Sobre la compleja relación entre ciencia y democracia ver Guston, D. (1993). «The essential tension in science and democracy». Social Epistemology 7.1.
 

[9] Ver Estlund, D. (2008). Democratic Authority: A Philosophical Framework. Princeton University Press.
 
[10] Sobre el «modelo linear» y su déficit de legitimidad democrática ver Brown, M. (2014). «Climate Science, Populism, and the Democracy of Rejection». En: Crow & Boykoff (eds.) Culture, Politics and Climate Change: How Information Shapes Our Common Future; Machin, A., A. Ruser and N.V. Andrian (2017). «The Climate of Post-Truth Populism: Science vs. the People». Public Seminar.
 

[11] Sobre la ciencia como razón pública ver Rawls, J. (2005) [1993]. Political Liberalism. Columbia University Press. Para una defensa, ver Bellolio, C. (2018). «Science as Public Reason: A Restatement». Res Publica, 24.4.
 
[12] Ver Wodak, R. (2015). The politics of fear: What right-wing populist discourses mean. Sage; Nichols, T. (2017). «How America Lost Faith in Expertise: And Why That’s a Giant Problem». Foreign Affairs, 96.
 

[13] Ver Dawkins, R. (1986). The Blind Watchmaker: Why the evidence of evolution reveals a universe without design. Penguin Books.
 

[14] Para una historia de la recepción de la teoría de Darwin en Marx, ver Gerratana, V. (1973). «Marx and Darwin». New Left Review, 82.
 

[15] Este crítico fue Robert Mackenzie, que acuñó la expresión «inversión del razonamiento» como un ataque a la teoría de Darwin. Ver Dennett, D. (2009). «Darwin’s strange inversion of reasoning». Proceedings of the National Academy of Sciences 106.1.
 

[16] Sobre la oposición entre soluciones basadas en sentido común y el juicio de los expertos como marca registrada del populismo, ver Mudde, C., & C. Rovira (2017). Populism: A very short introduction. Oxford University Press; Mounk, Y. (2018). The People Vs. Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It. Harvard University Press.
 

[17] Ver «Britain has had enough of experts, says Gove», Financial Times, 3 de Junio de 2016.
 

[18] Ver Müller, J. W. (2016). What Is Populism? University of Pennsylvania Press.
 

[19] Sobre la compleja relación entre Rousseau y la ciencia, ver Brown, M. (2009). Science in democracy: Expertise, institutions, and representation. MIT Press.
 

[20] Ver Berlin, I. (2002) [1952]. Freedom and its Betrayal: Six Enemies of Human Liberty. Chatto & Windus.
 

[21] Ver «Donald Trump loves the “educated”— and they love him». USA Today, 24 de Febrero de 2016.